…Antes de adentrarnos en cualquier examen de las creencias católicas, es necesario hablar de lo que los católicos creen acerca de Dios y del mal. Una pista: Dios no es un hombre de pelo blanco entre las nubes.
¿Qué es Dios?
He aquí una afirmación que nos sirve de punto de partida para comprender la concepción católica de Dios:
Si añades el universo entero a Dios, Dios no aumenta.
Dios es el acto de ser, por lo que no es una «parte» de nada: es el «todo» de cuanto existe.
Seamos claros: para los católicos no hay un «Ser Supremo». Santo Tomás de Aquino se refiere a Dios como «Ipsum Esse», o «el Ser mismo». No es el mayor de todos los seres ni pertenece a ninguna clasificación que podamos concebir.
Todos los ateos modernos conocidos, o los personajes de televisión que detestan la religión, arremeten contra la idea de Dios como «el hombre en el cielo». ¿Y sabes qué? Los católicos también.
¿Qué creen los católicos acerca de lo que es Dios? Él es la razón por la que existe algo en lugar de nada. Es la causa incondicionada del universo condicionado.
La contingencia y Dios
Volviendo a santo Tomás de Aquino, veamos su argumento sobre Dios basado en el concepto de «contingencia». Mira todo lo que te rodea: todo es «contingente», es decir, depende de algo anterior. Puedes empezar por los fundamentos de la naturaleza y observar cómo la vida evoluciona constantemente. Todo procede de otra cosa. Puedes remontarte desde los seres vivos hasta los elementos, retroceder hasta la formación de la Tierra y seguir retrocediendo… Todo es contingente. Ahora bien, no es concebible que esto continúe indefinidamente. Resulta ilógico desde cualquier punto de vista. Tiene que haber un comienzo, algo no contingente. Esa es la concepción católica de Dios.
Si crees que esto termina con el Big Bang, sigue pensando. Incluso las explicaciones de ese acontecimiento suscitan la respuesta: «Sí, pero ¿qué creó ESO?». Por cierto, ¿quién fue el primero en proponer la teoría del Big Bang? Un sacerdote católico llamado Georges Lemaître.
Dios no tiene absolutamente ninguna necesidad de nosotros. Precisamente por eso sabemos que el mundo recibió la existencia por amor, ya que no había ninguna necesidad de que existiera. La «necesidad» es el mayor menoscabo del amor. El mundo fue creado por ese amor divino, y Dios está siempre obrando ese amor y esa creación. Al transmitir la gracia mediante actos de amor, participamos en esa acción.
Dios es amor
Llevemos ahora esto a un significado más profundo, mucho más sencillo y hermoso que nuestra comprensión, en cierto modo externa, de Dios como el Ser mismo. La fe católica se afirma en lo que expresa la primera carta de san Juan.
Carísimos, amémonos los unos a los otros, porque la caridad procede de Dios. Y todo aquel que así ama, es hijo de Dios, y conoce a Dios.
Quien no tiene este amor, no conoce a Dios, puesto que Dios es todo caridad, o amor.
1 Juan 4, 7–8 — Torres Amat
Dios ama. Eso es todo lo que hace Dios. La «ira» que se atribuye a Dios en las antiguas Escrituras es sencillamente el mejor recurso del que disponía el autor —y uno habitual en aquel tiempo y lugar— para mostrar nuestra separación de Él. Cuando no conocemos a Dios, no conocemos el amor; de ahí la «ira» y el odio. Cuando conocemos el amor, conocemos a Dios.
¿Cómo se expresa mejor esta idea de que «Dios es amor»? En la Trinidad. Porque Dios es la Trinidad. Dios es ese darse al otro en el amor entre el Padre y el Hijo. Participamos de ese amor cuando le amamos a Él y cuando amamos al prójimo. El amor requiere al otro.
Los católicos no son gnósticos: no rechazan el mundo material
Existe una herejía persistente, el gnosticismo, que sostiene básicamente que vivimos en un universo dualista, de competencia entre lo espiritual y lo material. Aunque ese aspecto no entra necesariamente en conflicto con las creencias católicas, el gnóstico considera, en esencia, que lo espiritual es bueno y lo material es malo. Puedes encontrar este tipo de creencias desde los platónicos, y sigue siendo frecuente hoy entre muchas personas que se definen como «espirituales».
Los católicos aman la naturaleza espiritual del universo, pero tampoco desprecian «el mundo». Sencillamente, no lo adoran: solo adoran a Dios. Dios lo creó todo; ¿cómo puede ser de pronto todo malo? Los placeres de los sentidos que ofrece el mundo tienen mucho de bueno; basta con no convertirlos en objetos de consumo ni entregarse a ellos en exceso, y con no adorarlos nunca como debemos adorar a Dios. Dios quiere que tengamos alegría y creó un mundo para que pudiéramos experimentarla. Los católicos no son gnósticos, platónicos ni puritanos.
Dondequiera que brille el sol católico,
Hilaire Belloc
siempre hay risas y buen vino tinto.
El Dios airado del Antiguo Testamento
Otro tema habitual al hablar de Dios es el «Dios airado» del Antiguo Testamento. Para los católicos, esto no plantea un problema, dada nuestra forma de leer la Biblia. Aunque hay muchas formas de cristianismo que leen la Biblia literalmente de principio a fin, la Iglesia católica no lo hace ni ha adoptado ese enfoque. Hay, eso sí, católicos que personalmente lo adoptan. La Biblia no es un único libro; se parece mucho más a una biblioteca que contiene libros que van de lo alegórico a lo histórico.
Desde el comienzo del Antiguo Testamento hasta el inicio de los Evangelios, la relación de Dios con la humanidad fue desarrollándose. Piensa en cómo hablas a un niño a medida que crece. No hablas a uno de dos años del mismo modo que a uno de siete o a uno de diecisiete. A lo largo del Antiguo Testamento, Dios hablaba a personas concretas, en momentos concretos y en lugares concretos.
Además, buena parte de lo que lees en el Antiguo Testamento se narraba de una forma casi mítica, utilizando el marco que resultara más eficaz —la guerra, por ejemplo— para transmitir un mensaje moral. La voz de Dios también quedaba integrada en ese relato. La «ira de Dios», que a veces parece cruel y rencorosa, era el resultado de recursos literarios que intentaban transmitir un mismo tema a lo largo de todo el Antiguo Testamento: Dios quiere que le demos la «alabanza debida», que nos conduce a la felicidad plena, y, aunque sigamos fallándole, Él está siempre dispuesto a restablecer esa relación.
Jesús y la Trinidad
Los católicos creen que Jesús es cien por cien divino y cien por cien humano. Encontramos una prefiguración de esta realidad ya en el Antiguo Testamento, en la zarza ardiente que vio Moisés. La zarza —plenamente una criatura— estaba completamente envuelta en fuego —la divinidad—, pero el fuego no la destruía.
La comprensión católica de la divinidad de Jesús parte del prólogo del Evangelio de san Juan:
En el principio era ya el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio en Dios.
Por él fueron hechas todas las cosas; y sin él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas:
Juan 1, 1–3 — Torres Amat
Jesús estaba desde el principio. Es el único Hijo «engendrado» del Padre. Eso significa que, aunque nosotros somos hijos e hijas de Dios, su relación es distinta. El ser infinito, Dios Padre, entró en nuestro mundo finito por medio de Jesús. Por amor. Ese darse al otro en el amor entre Dios Padre y Dios Hijo es lo que llamamos el Espíritu Santo. Tres «personas», una sola esencia.
El problema del mal
La pregunta más difícil de responder para cualquier católico es por qué Dios permite el mal en el mundo. La respuesta breve, que de ningún modo puede satisfacer a alguien que esté padeciendo un dolor terrible, es que Dios permite el mal para que de él surja un bien mayor. Además, el mayor don que Dios nos ha dado es el libre albedrío. Sin él, no tenemos alma. Tenemos que elegir el «bien». Sin ese elemento de nuestra existencia, no seríamos más que programas informáticos. Allí donde hay libre albedrío existe la posibilidad del mal.
Pero, de nuevo, esta respuesta no va a satisfacer a quien tenga un amigo o un familiar que se esté muriendo, ni va a explicar el sufrimiento de los inocentes, las guerras, las enfermedades o el genocidio. Ninguna respuesta puede ser plenamente adecuada, sencillamente porque ninguno de nosotros es Dios. Pero conviene poner las cosas en perspectiva. Piensa en cuánto más sabe Dios que nosotros. Incluso reuniendo todo el intelecto y toda la sabiduría de la humanidad, somos una gota en el océano en comparación con Dios.
Quizá la mejor manera de ver esta diferencia entre la sabiduría humana y la divina sea acudir al libro de Job. El pobre Job, convencido —según las creencias de su época— de que, si obraba bien, su vida iría bien, no hace sino vivir una pesadilla tras otra. Entonces exige a Dios que le explique por qué le ha hecho aquello. Finalmente, Dios responde:
Ciñe, pues, ahora tus lomos, prepárate como varón que entra a pelear; yo te interrogaré, y tú respóndeme.
Dime, ¿dónde estabas cuando yo echaba los cimientos de la tierra? Dímelo, ya que tanto sabes.
¿Sabes tú quién tiró sus medidas? ¿O quién extendió sobre ella la primera cuerda?
¿Qué apoyo, di, tienen sus basas? ¿O quién asentó su piedra angular
cuando me alababan los nacientes astros, y prorrumpían en voces de júbilo todos los ángeles o hijos de Dios?
¿Quién puso diques al mar, cuando se derramaba por fuera como quien sale del seno de su madre;
cuando lo cubría yo de nubes como de un vestido y le envolvía entre tinieblas como a un niño entre los pañales?
Lo encerré dentro de los límites fijados por mí, y le puse cerrojos y compuertas,
y dije: Hasta aquí llegarás, y no pasarás más adelante; y aquí quebrantarás tus hinchadas olas.
¿Acaso después que estás en el mundo diste leyes a la luz de la mañana, y señalaste a la aurora el punto por donde debe salir?
¿Has cogido con tus manos toda la tierra, y sacudídola, a fin de limpiar y expeler de ella a los impíos?
Volverá a ser lodo o polvo el sello, y durará como un vestido que está consumiéndose.
Se le quitará a los impíos su esplendor, y será aniquilado su poder excelso.
¿Has entrado tú en las honduras del mar, y te has paseado por lo más profundo del abismo?
¿Se te han abierto acaso las puertas de la muerte, y has visto aquellas entradas tenebrosas?
¿Has averiguado la anchura de la tierra? Dime, si todo lo sabes,
¿en qué parte reside la luz; y cuál es el lugar o depósito de las tinieblas,
a fin de que puedas tú conducir a ambas cosas a sus propios lugares, como quien está enterado del camino que lleva a sus habitaciones?
¿Sabías tú entonces que hubieses de nacer, y estabas instruido del número de tus días?
¿Por ventura has entrado en los depósitos de la nieve, y has visto los otros donde está amontonado el granizo,
los cuales tengo yo prevenidos para usar de ellos contra el enemigo en el día del combate y del conflicto?
Explícame; ¿Por qué camino se propaga la luz, y cómo se reparte el calor sobre la tierra?
¿Quién señaló la carrera a un aguacero impetuosísimo, y el camino al sonoro trueno,
para llover sobre una tierra desierta, donde no hay hombre ninguno, donde no habita ningún mortal,
fecundándola, aunque inhabitable y desolada, para que produzca la verde hierba?
¿Quién es el padre de la lluvia? ¿O quién engendró las gotas del rocío?
¿De qué seno salió el hielo? ¿Y quién produce la helada o escarcha que cae del aire?
Las aguas se endurecen como piedras, y la superficie del mar se congela.
¿Podrás tú por ventura atar o detener las brillantes estrellas de las Pléyades? ¿O desconcertar el giro del Orión?
¿Eres tú acaso el que hace aparecer a su tiempo el lucero de la mañana, o resplandecer el de la tarde sobre los habitantes de la tierra?
¿Entiendes tú el orden o movimientos de los cielos, y podrás dar la razón de su influjo sobre la tierra?
¿Alzarás por ventura tu voz a las nubes, para mandarles que se deshagan en lluvias abundantes?
¿Despacharás rayos, y éstos marcharán, y te dirán a la vuelta: Aquí estamos a tu mandar?
¿Quién puso en el corazón del hombre la sabiduría? ¿O quién dio al gallo el instinto?
¿Quién podrá explicar la disposición de los cielos, o hacer cesar sus armoniosos movimientos?
¿Dónde estabas cuando se formó en masa el polvo de la tierra, y se endurecieron sus terrones?
¿Andarás tú por ventura a coger caza para la leona, y saciarás el hambre de sus cachorros,
cuando están echados en sus cuevas, y acechando desde sus cavernas?
¿Quién prepara al cuervo su alimento, cuando sus pollitos levantan sus graznidos hacia Dios, yendo de un lado a otro del nido, por no tener nada que comer?
Job 38, 3–41 — Torres Amat
El mal no es una fuerza «igual y opuesta» al bien, como se representa en muchos sistemas de creencias. Es una carencia, no algo que exista por sí mismo. Santo Tomás de Aquino lo explica así: «El mal es privación; en este sentido, la ceguera significa la privación de la vista».
El problema del mal siempre será difícil de abordar. Para una última reflexión sobre nuestra vida, el bien y el mal, considera esta analogía con un cuento de hadas. Prácticamente sabemos que tendrá un final feliz. ¿Hay alguna alegría en saltar a la última página para ver cómo termina? No. La alegría del cuento solo se experimenta al leerlo entero.
A continuación… Si Jesús es Dios, ¿qué ocurrió después de su ascensión al cielo? ¿Cuál es exactamente su papel, y el nuestro, en eso que llamamos la Iglesia católica?

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Sinopsis
Para los católicos, Dios no es un anciano de pelo blanco entre las nubes. Dios es el acto de ser. Dios creó el mundo por amor. El Dios airado del Antiguo Testamento es, ante todo, Dios hablando a la humanidad por medio de un escritor en un tiempo y un lugar determinados, y el tono y la forma de expresarse reflejan esas circunstancias. Jesús es Dios y forma parte de la Santísima Trinidad; es plenamente humano y plenamente divino. El problema del mal tiene que ver con nuestro libre albedrío y con nuestra incapacidad para comprender la sabiduría infinita de Dios.
Lecturas recomendadas
My Way of Life: Pocket Edition of St. Thomas: The Summa Simplified for Everyone, de Tomás de Aquino (título de la obra en inglés).
Sobre la Encarnación, de san Atanasio.
Imagen de cabecera
Una de las obras de arte moderno más conocidas, La creación de Adán, es probablemente el fresco más célebre de la Capilla Sixtina.
Se encuentra en la bóveda de la Capilla Sixtina, que forma parte de los Museos Vaticanos, y Miguel Ángel la pintó hacia 1511. Tardó dieciséis días en completarla, lo que la convierte en una de las pinturas más complejas y difíciles jamás realizadas. Miguel Ángel comenzó con la representación de Dios y los ángeles antes de añadir la figura de Adán al fresco.
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Citas bíblicas: Sagrada Biblia, traducción de Félix Torres Amat. Texto histórico en dominio público.