…Acabamos de ver la riqueza y la importancia de la misa y de cada una de sus partes. Ahora examinaremos una de las prácticas más habituales de los católicos: la señal de la cruz. Puede sorprenderos la fuerza de este gesto.
Hacer la señal de la cruz es una práctica antigua y familiar, que los católicos aprendemos desde pequeños. Es un sacramental: no realiza por sí mismo lo que simboliza, sino que nos prepara para recibir la gracia de Dios y nos dispone a acogerla.
Si solo recordáis dos aspectos de la señal de la cruz, que sean estos:
- Al hacerla, pensad que el movimiento representa la naturaleza trinitaria de Dios. Comenzáis en la cabeza, el Padre. Bajáis hacia el Hijo, como Dios descendió del cielo para unirse a nosotros. Después vais al hombro izquierdo: Jesús fue crucificado. Y, finalmente, al derecho: Jesús resucitó y venció al pecado.
- Otra imagen muy sencilla, especialmente cuando sentís orgullo: primero trazáis una «I», la palabra inglesa para «yo», el ego. Después la tacháis con la línea horizontal. Os entregáis a Cristo.
No salgáis nunca de casa sin hacer la señal de la cruz. Será para vosotros un bastón, un arma y una fortaleza inexpugnable. Ni hombre ni demonio se atreverá a atacaros al veros cubiertos con una armadura tan poderosa. Que este signo os enseñe que sois soldados, preparados para combatir a los demonios y luchar por la corona de justicia. ¿Acaso ignoráis lo que ha hecho la cruz? Ha vencido a la muerte, destruido el pecado, vaciado el infierno, destronado a Satanás y restaurado el universo. ¿Dudaréis entonces de su poder?
San Juan Crisóstomo, siglo IV (traducción del texto inglés citado)
La señal de la cruz es una invitación a recibir la bendición de Dios. Cada vez que la hacemos, abrimos la posibilidad de acercarnos más a Él. También la hacemos al comienzo de la misa para expresar que le pertenecemos y que no estamos adorándonos a nosotros mismos.
Orígenes de la señal de la cruz
Los primeros cristianos debieron de aprender este gesto en su Bautismo, cuando el celebrante los marcaba como pertenecientes a Cristo. Las Escrituras ofrecen indicios de ello. San Pablo habla a los efesios del sello recibido: «En él habéis esperado también vosotros los gentiles, luego que habéis oído la palabra de la verdad (el evangelio de vuestra salud) y en quien habiendo así mismo creído, recibisteis el sello del Espíritu Santo que estaba prometido,» (Efesios 1,13; Torres Amat).
A cada paso y movimiento, al entrar y salir, al vestirnos y calzarnos, al bañarnos, al sentarnos a la mesa, al encender las lámparas, al sentarnos y en todas las acciones ordinarias de la vida, trazamos el signo en la frente.
Tertuliano, 160-240 d. C. (traducción del texto inglés citado)
Los primeros cristianos dibujaban una pequeña cruz en la frente con el pulgar o el índice. Relacionaban el gesto con Apocalipsis 7,3; 9,4; 14,1 y Ezequiel 9,7, pasajes que mencionan el sello de Dios en la frente de los creyentes. Ese signo representaba el nombre de Dios y era una cruz con la forma de la letra griega tau, semejante a una T.
No se sabe con certeza cómo los cristianos occidentales adoptaron la cruz de mayor tamaño. Al parecer, después del siglo IX algunos siguieron la costumbre oriental de trazarla de derecha a izquierda. Al mismo tiempo, otros occidentales comenzaron a hacerla sobre el pecho, pasando la mano del hombro izquierdo al derecho.
A finales de la Edad Media, la mayoría de los cristianos occidentales hacía la señal de la cruz como hoy, probablemente por la amplia influencia de los monasterios benedictinos, donde era costumbre trazar una gran cruz de izquierda a derecha con la mano abierta.
Profesamos nuestra fe
El propósito más conocido de la señal de la cruz es expresar nuestra fe. Todo parte del mandato del Evangelio de Mateo: «Id, pues, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;» (Mateo 28,19; Torres Amat). Esta primera mención implícita de la Santísima Trinidad dio origen tanto a la señal de la cruz como a los credos (tema en inglés) que seguimos recitando en la misa y al rezar el rosario.
Nos dirigimos a Dios como Él se ha revelado
Cuando pensamos en qué «es» Dios, ¿qué hacemos? Proyectamos sobre Él nuestra limitada imaginación humana. Es natural, pero resulta muy limitado y acaba centrándose más en nosotros que en Dios. La señal de la cruz sustituye nuestros débiles intentos de imaginarlo y abarcarlo por un gesto que lo saluda mejor, repitiendo la manera en que Él se nos ha revelado. Es un cambio sencillo y hermoso para vuestra oración: cuando os descubráis intentando imaginar cómo es Dios para hablar con Él, sustituid esa imagen por la señal de la cruz.
Nos acercamos a Dios
Además de ayudarnos a superar las imágenes mentales con las que intentamos representar a Dios, la señal de la cruz nos acerca a Él. Cuando lo recordamos con este gesto, nos acoge en su presencia y nos bendice. Por eso, comenzar y terminar así las oraciones es mucho más que una fórmula. Es una acción que nos acerca a Dios y nos recuerda que estamos en su presencia mientras caminamos y rezamos.
Una oración más profunda
Jesús fue muy claro al enseñarnos a pedir en el nombre de Dios; sin hacerlo, la oración pierde fuerza. Esto forma parte del modo habitual de rezar de los católicos, pero conviene «reiniciar» nuestra manera de pensar y considerar de verdad qué hacemos al santiguarnos antes y después de orar. Meditad estos pasajes:
«Y cuando pidiereis al Padre en mi nombre, yo lo haré, a fin de que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.» (Juan 14,13-14; Torres Amat).
«No me elegisteis vosotros a mí, si no que yo soy el que os he elegido, y destinado para que vayáis por todo el mundo y hagáis fruto, y vuestro fruto sea duradero, a fin de que cualquier cosa que pidiereis al Padre en mi nombre, os la conceda.» (Juan 15,16; Torres Amat).
«Entonces no habréis de preguntarme cosa alguna. En verdad, en verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá.» (Juan 16,23; Torres Amat).
«Entonces le pediréis en mi nombre; y no os digo que yo intercederé con mi Padre por vosotros, siendo cierto que el mismo Padre os ama, porque vosotros me habéis amado, y creído que yo he salido de Dios.» (Juan 16,26-27; Torres Amat).
Recordamos y renovamos el Bautismo
Al hacer la señal de la cruz recordamos nuestro Bautismo. ¿Qué recibimos entonces? Lo recibimos todo. Fuimos liberados del poder del pecado, unidos a Jesús en su muerte y abiertos a participar de su vida más allá de este mundo. Fuimos incorporados a su Cuerpo Místico, la Iglesia.
El momento más habitual para recordarlo es al entrar y salir de una iglesia, cuando mojamos los dedos en agua bendita y hacemos la señal de la cruz. El agua se utiliza precisamente para evocar nuestro Bautismo.
Mostramos nuestra pertenencia al Cuerpo Místico
Pertenecer a la Iglesia católica no es fácil en un mundo secular que adora el poder, el placer, la riqueza y el honor. Jesús fue un luchador en muchos sentidos; durante su ministerio público, antes de su crucifixión y resurrección, no actuó con debilidad. Al santiguarnos en público sin vergüenza cuando corresponde, mostramos que somos discípulos suyos. Nunca debe hacerse por ostentación u orgullo, pero tampoco debemos tener miedo de hacerlo en el momento adecuado.
Un arma contra el diablo
Jesús habló expresamente del peligro que Satanás supone para la humanidad. Lo describió como homicida desde el principio y padre de la mentira (cf. Juan 8,44). Explicó que su misión incluía someterse a la muerte en la cruz para liberar a la humanidad del poder de Satanás: «Ahora mismo va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser lanzado fuera. Y cuando yo sea levantado en alto en la tierra, todo lo atraeré a mí.» (Juan 12,31-32; Torres Amat).
Por las aguas del Bautismo, Dios nos sumergió en el misterio mismo de la crucifixión. En ese baño sacramental morimos y resucitamos con Cristo. En aquel momento decisivo, el Señor selló nuestra pertenencia a Él marcándonos con la cruz.
A nosotros, miembros de la Iglesia y del Cuerpo de Cristo, nos corresponde el honor de proclamar su victoria sobre el diablo. Los papeles se han invertido: quienes iban a ser víctimas de los ataques de Satanás son ahora sus vencedores. Hasta que Jesús vuelva, tendremos que seguir combatiendo al diablo, un enemigo formidable. Pero no debemos olvidar que el Señor ha ganado la batalla y nos ha dado la ventaja. Nos toca aplicar su victoria a nuestra vida cotidiana; hacer la señal de la cruz cuando nos amenaza el pecado es un arma poderosa.
A continuación… La oración es esencial en la vida católica. Pero ¿por dónde empezar? ¿Cómo y cuándo rezamos?

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Síntesis
La señal de la cruz es una práctica antigua que los católicos realizamos a menudo sin pensar demasiado. Sin embargo, tiene muchas finalidades y nos ayuda a mantenernos firmes y centrados en nuestra relación con Dios. Comprenderla puede impulsarnos a dar un gran paso en la fe católica.
Lecturas recomendadas
Libro electrónico gratuito: The Sign of the Cross: Recovering the Power of the Ancient Prayer, de Bert Ghezzi (en inglés).
The Sign of the Cross, de san Francisco de Sales (edición del enlace en inglés).
Imagen de cabecera
Este fresco, una de las últimas obras de Fra Angelico para el convento dominico de San Marcos, se pintó en el pasillo al que dan las celdas de los frailes, entre las celdas 25 y 26. Las miradas profundas, los colores intensos y los movimientos detenidos tienen una cualidad casi espiritual. La fuerza de la luz lateral, acentuada por las largas sombras de los capiteles clásicos, intensifica esa impresión. La arquitectura recuerda el estilo de Michelozzo. El fresco muestra la magnífica unión entre la inspiración espiritual del artista y la aplicación de los nuevos avances de la pintura renacentista.
Las huestes celestiales rodean a Cristo, que aparece sobre la estructura. De Él irradian rayos dorados que envuelven el cuerpo del evangelista.
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Las citas bíblicas proceden de la traducción católica de Félix Torres Amat. Se conserva el lenguaje de esta edición histórica.