…Si establecemos que Dios es «el Ser mismo» y que Jesús es Dios, que ascendió al cielo, ¿qué significa eso para todos nosotros? ¿Es la Iglesia católica una asociación, un club de admiradores o un grupo de seguidores de un hombre sabio? No. Es mucho más, como veremos… Jesús está unido a su Iglesia, y nosotros estamos unidos a Él de una manera asombrosa.
El Cuerpo de Cristo, vivo y presente
La Iglesia católica es el Cuerpo de Cristo vivo en la tierra hasta que Él vuelva. Vayamos paso a paso. El término «católica» suele entenderse como «universal»: una Iglesia abierta a todos los pueblos del mundo. Sin embargo, la palabra se traduce con mayor precisión como «según la totalidad» o «conforme al conjunto». Por tanto, al creer en esta fe católica, te unes no solo a la Iglesia «universal» de todo el mundo, sino también a una fe que permanece íntegramente unida a Cristo. Es la fe completa, sin que le falte nada.
Esto no significa que la Iglesia sea una especie de masa uniforme y monolítica. Al contrario: contiene una gran variedad de miembros, tan diversos como el propio mundo. Además, sus miembros forman lo que se llama el «Cuerpo Místico». Pío XII lo resumió de forma sencilla en su encíclica sobre el Cuerpo Místico, al describirlo como «la sociedad de quienes han sido bautizados, profesan la fe de Cristo y son gobernados por sus obispos bajo la cabeza visible, el papa, obispo de Roma».
Pasemos de lo que dice un papa a lo que dice la Escritura. Aquí san Pablo habla de Jesús como cabeza de la Iglesia:
Y él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia y el principio de la resurrección, el primero a renacer de entre los muertos, para que en todo tenga él la primacía;
Colosenses 1, 18 — Torres Amat
Poco después, amplía esta idea al hablar de los miembros de ese cuerpo:
Nadie os extravíe del recto camino, afectando humildad, enredándoos con un culto supersticioso de los ángeles, metiéndose en hablar de cosas que no ha visto, hinchado vanamente de su prudencia carnal,
y no estando unido con la cabeza, que es Jesucristo, de la cual todo el cuerpo alimentado y organizado por medio de los nervios y junturas va creciendo por el aumento que es de Dios.
Si habéis muerto, pues, con Cristo en orden a aquellas primeras y elementales instrucciones del mundo, ¿por qué las queréis considerar todavía por leyes vuestras, como si vivieseis en la época aquella del mundo?
Colosenses 2, 18–20 — Torres Amat
De nuevo san Pablo, que, como recordarás, tuvo un encuentro directo con Jesús, continúa describiendo a Jesús y al cuerpo de su Iglesia:
Ha puesto todas las cosas bajo de los pies de él; y le ha constituido cabeza de toda la Iglesia, así militante como triunfante,
la cual es su cuerpo, y en la cual aquel que lo completa todo en todos halla el complemento de todos sus miembros.
Efesios 1, 22–23 — Torres Amat
La Iglesia comenzó cuando Cristo murió en la cruz, pero se puso plenamente en marcha en Pentecostés, cuando Él cumplió su promesa de enviar al Espíritu Santo. San Pablo se dirige a los primeros cristianos y afirma que todos ellos son partes de Cristo y que, juntos, forman el Cuerpo Místico.
Y, por si no estuviera suficientemente claro, san Pablo describe de nuevo este «cuerpo» en la carta a los Romanos:
Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, mas no todos los miembros tienen un mismo oficio,
así nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros.
Tenemos por tanto dones diferentes, según la gracia que nos es concedida; por lo cual el que ha recibido el don de profecía, úselo siempre según la regla de la fe;
Romanos 12, 4–6 — Torres Amat
¿De dónde recibió Pablo esta idea de que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo? Del propio Jesús. ¿Recuerdas cuando Jesús salió al encuentro de Pablo —entonces llamado Saulo— en el camino de Damasco? Jesús ya había sido crucificado, había muerto, había resucitado y había ascendido al cielo. Saulo perseguía a los primeros creyentes y los encarcelaba, muy probablemente para que murieran. Jesús no estaba físicamente en la tierra. Pero fíjate en las palabras que utiliza: no pregunta «¿Por qué persigues a mis creyentes?». En cambio, dice:
Y cayendo en tierra asombrado oyó una voz que le decía: ¡Saulo, Saulo!, ¿por qué me persigues?
Y él respondió: ¿Quién eres tú, Señor? Y el Señor le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues: dura cosa es para ti el dar coces contra el aguijón.
Hechos 9, 4–5 — Torres Amat
Aquí Jesús se refiere expresamente a su Iglesia en la tierra como a Él mismo en persona. Por eso se ha dicho que es fundamental comprender que, cuando te unes a la Iglesia católica, no te incorporas tanto a una «organización» como a un «organismo».
Jesús se desposa con la Iglesia: las bodas de Caná
La idea de Jesús y su Cuerpo Místico se comprende plenamente mediante el relato de una boda. Jesús inicia, en esencia, su ministerio público en el episodio de las bodas de Caná. Esto puede parecer extraño, pero hay una razón muy importante. Empecemos por el Antiguo Testamento, que prepara el escenario de este banquete de bodas. En él encontramos una afirmación asombrosa, que cambia el mundo: Dios quiere «desposarse» con su pueblo.
pues al modo que vive en paz y alegría un mancebo con la doncella que escogió para esposa, así tus hijos morarán en ti, y como el gozo del esposo y de la esposa así serás tú el gozo de tu Dios.
Isaías 62, 5 — Torres Amat
¿Cómo se manifiesta este matrimonio? Ante todo, Jesús es la unión matrimonial por excelencia: Dios y la humanidad unidos en uno. Jesús, que aparece ahora en este relato de bodas, es el esposo, y la Iglesia se convierte en su esposa.
Antes de entrar en los detalles de las bodas de Caná, veamos las menciones concretas de la Escritura a Jesús como quien se «desposa» con su Iglesia:
Respondioles Jesús: ¿Cómo es posible que los compañeros del esposo en las bodas ayunen, ínterin que el esposo está en su compañía? Mientras que tienen consigo al esposo, no pueden ellos ayunar.
Tiempo vendrá en que les quitarán al esposo; y entonces será cuando ayunarán.
Marcos 2, 19–20 — Torres Amat
Y después, en el Evangelio de san Juan, por boca de Juan el Bautista:
El esposo es aquel que tiene la esposa; mas el amigo del esposo, que está para asistirle y atender a lo que dispone, se llena de gozo con oír la voz del esposo. Mi gozo, pues, es ahora completo.
Juan 3, 29 — Torres Amat
Empecemos por las primeras palabras del relato de las bodas de Caná en el Evangelio de san Juan: «Tres días después» (Juan 2, 1, Torres Amat). Desde el inicio se nos indica que este relato trata de la Resurrección y de la vida resucitada que encontramos en Jesús. ¿Dónde sucede? En Galilea. ¿Adónde dice Jesús a sus discípulos que irá después de la Resurrección? A Galilea. Además, el comienzo del relato nos dice quiénes están allí: su madre, María, y sus discípulos. ¿Qué representan todos ellos en ese momento? La Iglesia entera.
María es la «madre» de la Iglesia, y los seguidores de Jesús representan en ese momento la reunión de las doce tribus de Israel que Él está llevando a cabo. Las profecías comienzan a cumplirse, incluida aquella en la que Dios se desposará con su pueblo, la Iglesia. La Iglesia es el nuevo Israel. El Antiguo Testamento es la historia de Israel. Ahora comienza el Nuevo Testamento.
Es aquí donde todo encaja. Recuerda que el «vino» en el Antiguo Testamento representa la «vida divina». Estas bodas representan al pueblo de Israel y a la humanidad, que se han quedado sin vida divina. No tienen más que agua, que es, por así decirlo, vino sin vida. Pero llega el Salvador de su pueblo y lo renueva todo. Su misión ha comenzado, y ha devuelto la vida divina al nuevo Israel, su Iglesia.
El papel de María en este relato no es casual. Ella representa todo lo recto y bueno del pueblo de Israel. Siempre ha existido ese anhelo de dar a Dios la «alabanza debida»; aunque no lo consigan, siguen deseando que su relación con Dios sea buena. María intercede por el pueblo y dice claramente a su Hijo: «No tienen vino» (Juan 2, 3, Torres Amat). Años antes, cuando el ángel Gabriel le anunció que sería la madre del Mesías, María pudo elegir y dijo que sí. ¿Cómo pone ahora en marcha la misión de su Hijo? Dice sencillamente: «Haced lo que él os dirá» (Juan 2, 5, Torres Amat). Son, además, las últimas palabras suyas que recoge la Biblia.
¿Cuál es la clave para obtener este vino, la «vida divina»? Es muy sencillo: hacer lo que Jesús nos diga.
Por último, Jesús no se limita a hacer un gesto con las manos para que aparezca el vino. Pide que le lleven seis tinajas y que las llenen de agua. Eso representa a toda la humanidad, con todos nuestros esfuerzos humanos. Somos parte esencial de este relato. Él quiere tomar todo lo que tenemos, todo lo natural, y elevarlo a lo divino. Cada detalle de las bodas de Caná es importante.
La Iglesia, tú y el Cuerpo Místico
Jesús dice a Pedro que «sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mateo 16, 18, Torres Amat). La palabra griega que se utiliza aquí para «Iglesia» es ekklesía. Se forma a partir de dos palabras que, juntas, significan «llamar fuera de». Dios es quien llama. Nos llama a salir del mundo —del odio y del pecado— y a entrar en su Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo. Cristo se desposó con la Iglesia. Cristo murió, resucitó y ascendió al cielo. Mediante el bautismo nos unimos a Jesús en el Cuerpo Místico, en la vida de Cristo.
Esto es importante: vivimos en la vida de Cristo, en el Cuerpo Místico, y nos alimentamos de la Palabra, de la Eucaristía (en inglés) y de los demás sacramentos. Pero no estamos llamados a permanecer escondidos y protegidos en este mundo. También estamos llamados a salir al mundo para transformar el odio y el pecado. Estamos llamados a ser «enviados», que es precisamente lo que significa la palabra «apóstol».
De Jesucristo y de la Iglesia, sé sencillamente que son una sola cosa.
Santa Juana de Arco
La Iglesia católica salió a cumplir su misión cuando aquellos «enviados» —eso significa «apóstoles»— fueron consagrados por el propio Jesús:
id pues, e instruid a todas las naciones en el camino de la salud, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu santo;
enseñándolas a observar todas las cosas que yo os he mandado. Y estad ciertos, que yo mismo estaré continuamente con vosotros hasta la consumación de los siglos.
Mateo 28, 19–20 — Torres Amat
Esta tradición «apostólica» ha continuado desde los apóstoles hasta los obispos que ellos ordenaron, y ha llegado a través de los siglos hasta nuestros días. Cada papa es sucesor de Pedro, y cada obispo está también directamente unido a la sucesión de los apóstoles.
Todo esto puede resumirse en nuestra manera de vivir la misa (en inglés). Acudimos a la iglesia una vez por semana y nos reunimos como comunidad. En la misa, al recibir la Eucaristía, nos renovamos y recibimos nuevas fuerzas para la misión de Cristo. Después, al terminar la misa, se nos dice que salgamos a anunciar la Buena Nueva. Como decía Fulton Sheen sobre este orden de la vida cristiana: «Primero venid, después id». Esa es la vida de un católico en el Cuerpo Místico.
Una última observación: hay tres maneras de transmitir una idea: mediante el bien, la verdad y la belleza. El «bien» y la «verdad» ya se han tratado en este tema. Para concluir, aquí tienes una representación del Cuerpo Místico de Cristo expresada a través de la belleza:
A continuación… La Biblia no cayó del cielo, completamente formada, cuando Jesús ascendió a los cielos. Primero vino la Iglesia católica y después el Nuevo Testamento. La Biblia es una biblioteca, no un solo libro, y los católicos la leemos precisamente así.

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Sinopsis
La Escritura habla claramente de Jesús desposándose con su Iglesia, y el relato de las bodas de Caná ofrece una rica trama de analogías que nos muestra cómo ese matrimonio renovó la relación de Dios con su pueblo. Cuando Cristo ascendió a los cielos, se convirtió en la cabeza del Cuerpo Místico de su Iglesia, la Iglesia católica.
Lecturas recomendadas
The Mystical Body of Christ, de Fulton Sheen (título de la obra en inglés).
A Journey with Jonah: The Spirituality of Bewilderment, de Paul Murray y Joseph Ratzinger (título de la obra en inglés).
Dei Verbum, de la Santa Sede.
Imagen de cabecera
La conversión en el camino de Damasco (Conversione di San Paolo) representa el acontecimiento descrito en los Hechos de los Apóstoles (9, 3–9), en el que Saulo, fariseo y conocido perseguidor de los cristianos que había participado en la lapidación de san Esteban, se convirtió al cristianismo después de que Cristo se le apareciera y le hablara. Esta conversión en Damasco estuvo precedida por un periodo de intenso éxtasis religioso, que acabaría llevándole a tomar el nombre de Pablo y a convertirse en apóstol. La pintura de Caravaggio muestra la escena inmediatamente después de que Saulo haya caído del caballo.
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Citas bíblicas: Sagrada Biblia, traducción de Félix Torres Amat. Texto histórico en dominio público.