Tema 4: el Padrenuestro, la oración del Señor

…Jesús habló a menudo de la oración en los Evangelios y rezó de muchas maneras. Hubo, sin embargo, un momento especialmente importante: cuando sus apóstoles le pidieron que les enseñara a rezar. El resultado fue el Padrenuestro. Pero ¿os habéis detenido alguna vez a examinarlo línea por línea?

La oración del Señor, conocida como Padrenuestro o Pater noster, nos la enseñó Jesús mismo. En los Evangelios aparece en contextos algo distintos: dentro del Sermón de la Montaña o como respuesta a la petición de los discípulos de que les enseñara a orar. En cualquier caso, es la oración por excelencia de los cristianos de todo el mundo.

La mayoría la recitamos sin considerar realmente el significado de cada frase, pero contiene mucho más de lo que parece.

Para profundizar en ella nos apoyaremos en varios teólogos y en san Cipriano de Cartago, Padre de la Iglesia que escribió uno de los estudios más importantes sobre esta oración en los primeros siglos.

La oración comienza con una invocación, en la que nos dirigimos a Dios, seguida de siete peticiones, en las que le pedimos determinadas cosas.

Nos centraremos en la oración misma y dejaremos aparte el final «Tuyo es el reino…», una doxología añadida cuyo sentido es bastante claro.

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

Amén.

Recorramos cada frase para comprender mejor la oración que nos dio Jesucristo.

«Padre nuestro, que estás en el cielo»

Recordad que Jesús ora al Padre y enseña directamente a otros a hacerlo. Utiliza la palabra Abbá, una forma familiar y cercana de dirigirse al padre, semejante a «papá». Jesús es el Hijo único de Dios, pero nos enseña a utilizar también esa cercanía, porque el Bautismo nos une a Él. Juan nos lo recuerda: «Vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron. Pero a todos los que le recibieron, que son los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios.» (Juan 1,11-12; Torres Amat). Como hijos de Dios, podemos llamarlo «papá».

Después de dirigirnos al Padre, añadimos «que estás en el cielo». San Cipriano relaciona esta frase con la vida celestial que los seguidores de Cristo han comenzado ya:

Debemos vivir como los templos de Dios que somos, para que se vea que Dios habita en nosotros. Ningún acto nuestro debe ser indigno del Espíritu. Ahora que hemos comenzado a vivir en el cielo y en el espíritu, nuestros pensamientos y acciones deben ser celestiales y espirituales. El Señor dice: «yo honraré a todo el que me glorificare; pero los que me menospreciaren, serán deshonrados» (1 Samuel 2,30; Torres Amat). Y el Apóstol recuerda que ya no nos pertenecemos, porque fuimos comprados a gran precio: «Glorificad, pues, a Dios y llevadle siempre en vuestro cuerpo» (1 Corintios 6,19-20; Torres Amat).

San Cipriano de Cartago (traducción del texto inglés citado; citas bíblicas según Torres Amat)

La primera frase expresa una realidad profunda de nuestra relación con Dios: está más íntimamente presente en nuestro ser de lo que podemos comprender y, al mismo tiempo, está «en el cielo», más allá de todo lo que alcanzamos a imaginar. La invocación reconoce bellamente la grandeza de su ser en relación con nosotros.

«Santificado sea tu Nombre»

Al leer las Escrituras descubrimos la importancia de los nombres. Con frecuencia, figuras como Pablo o Abrahán cambian de nombre después de un acontecimiento decisivo. Invocar el nombre de Dios era también algo mucho más serio que nuestro lenguaje cotidiano actual: había que hacerlo por el motivo adecuado. Pero esta petición va más allá. Al pronunciarla, declaramos que ponemos a Dios por encima de todo. Es un recordatorio, con su ayuda, de que debe ocupar el primer lugar en nuestra vida. Le pedimos fuerza para ofrecerle una alabanza recta.

«Venga a nosotros tu reino»

Debemos tomar muy en serio esta petición y la siguiente. Al pedir que venga su reino, queremos que Dios entre en nuestra vida y reine en todos sus aspectos. Puede dar miedo abandonar la adoración de las cosas del mundo, tan habitual en nosotros, pero aquí afirmamos que deseamos precisamente eso.

«Hágase tu voluntad»

¿Cuántos creemos de verdad en lo que pedimos al decir estas palabras? En un mundo secular que exalta al individuo y la elección personal en todo, esta frase va a contracorriente. Pedimos al Padre, como Jesús antes de su crucifixión, que se cumpla su voluntad y no la nuestra. Si lo decís sinceramente, habéis experimentado una verdadera conversión.

«En la tierra como en el cielo»

Todo lo que hacemos en la misa busca armonizar nuestra misión terrena como Iglesia con el cielo. Pedir que el cielo descienda a nuestro culto no es poca cosa. De nuevo, puede resultar inquietante si no estamos suficientemente orientados a la alabanza recta. Pedimos salir del dominio de nuestra propia voluntad y someternos al del cielo.

«Danos hoy nuestro pan de cada día»

La palabra griega traducida como «pan de cada día» es epiousios. Solo aparece en dos lugares de toda la literatura griega, en dos Evangelios, y significa «pan sobresustancial». Los católicos pedimos aquí nada menos que la presencia real de Jesucristo: la Eucaristía. Después de pedir que Dios reine en toda nuestra vida y nos introduzca en su drama divino, le pedimos el sustento cotidiano de la Eucaristía. El término griego muestra que no estamos pidiendo simplemente una buena comida cada día.

Cristo nos lo advirtió: «si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Juan 6,53; Torres Amat). Pedimos que se nos dé nuestro pan cotidiano, Cristo. Con su ayuda, quienes vivimos y permanecemos en Él nunca nos separaremos de su Cuerpo y de su gracia.

San Cipriano de Cartago (traducción del texto inglés citado; citas bíblicas según Torres Amat)

«Perdona nuestras ofensas»

El perdón de los pecados es fundamental en el cristianismo. Somos adictos al pecado y vivimos afectados por el pecado original, pero la misericordia de Dios es infinita. Debemos seguir pidiendo perdón.

«Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»

No podemos recibir el perdón de nuestros pecados si no perdonamos a quienes han pecado contra nosotros. Aquí pedimos a Dios la gracia de hacerlo. Perdonar continuamente a los demás no es opcional: es necesario para ser perdonados. Pedimos la fuerza para llevarlo a cabo.

«No nos dejes caer en la tentación»

Aunque parece una petición sencilla, podría interpretarse como si pidiéramos a Dios que no hiciera algo. En realidad, nos recuerda que debemos mantenernos humildes, reconocer nuestra debilidad y no dejar que la tentación nos domine. San Cipriano lo explica así:

Se permite que el poder actúe contra nosotros de dos maneras: para castigo cuando pecamos o para gloria cuando somos probados… Al pedir no caer en la tentación, recordamos nuestra fragilidad y debilidad. Así evitamos gloriarnos con insolencia, atribuirnos algo con orgullo o considerar como propia la gloria de confesar la fe o sufrir por ella. El Señor mismo, al enseñar la humildad, dijo: «Velad, y orad para que no caigáis en la tentación. El espíritu a la verdad está pronto, pero la carne es flaca» (Marcos 14,38; Torres Amat). Cuando precede esta confesión humilde y sumisa y todo se atribuye a Dios, su bondad puede concedernos lo que pedimos con reverencia y temor de Dios.

San Cipriano de Cartago (traducción del texto inglés citado; citas bíblicas según Torres Amat)

«Y líbranos del mal»

En griego, la expresión significa «líbranos del Maligno», algo más contundente. El diablo es un ser personal, no una abstracción. Estamos en una lucha constante y necesitamos siempre la ayuda de Dios. Por nosotros mismos somos débiles, pero con Él podemos vencer al diablo. Pensad que esta es la conclusión de la oración que Jesucristo nos entregó directamente.

A continuación… Rezar el santo rosario, con su repetición, puede ser una de las formas de oración más poderosas. Pero no se trata de ir despachando oraciones: es importante conocer cada parte de esta práctica sagrada.

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Síntesis

Recitar el Padrenuestro y comprender lo que decimos pueden ser dos cosas distintas. Esta oración, que procede directamente de Jesús, contiene elementos de gran fuerza y cuestiones de traducción complejas. Todo católico debería detenerse alguna vez a examinar con atención lo que pide con las palabras que vienen de Dios.

Lecturas recomendadas

The Lord’s Prayer, de Romano Guardini (edición del enlace en inglés).

Understanding “Our Father”: Biblical Reflections on the Lord’s Prayer, de Scott Hahn (en inglés).

Imagen de cabecera

La obra de Leonardo representa la Última Cena, acontecimiento narrado en los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento. Cristo reunió a sus discípulos para cenar la noche anterior a la traición de uno de ellos. Les anunció lo que iba a suceder y les lavó los pies, gesto que simboliza que todos son iguales ante el Señor. Mientras compartían la comida y la bebida, les dio instrucciones concretas sobre cómo comer y beber en adelante en memoria suya. Fue la primera celebración de la Eucaristía, que continúa hasta hoy.

La pintura muestra, en concreto, los instantes posteriores al anuncio de Cristo de que uno de los discípulos lo traicionaría.

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El Padrenuestro se ofrece en su forma católica española habitual. Las citas bíblicas del comentario siguen la traducción católica de Félix Torres Amat.

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