Salvados por la gracia, mediante la fe, para las obras

Muchos católicos han oído esta pregunta de un protestante sincero y creyente: «¿Has sido salvado por Jesucristo?», y no saben muy bien cómo responder. Si sigues leyendo, podrás contestar con fidelidad: «sí», pero también con una aclaración imprescindible que encontrarás al final del artículo.

En lo que se refiere a «ser salvado», la doctrina católica de la justificación es la doctrina de san Pablo. Es una afirmación que suscita controversia entre los protestantes, pero es verdadera. Sin embargo, no podemos ignorar que demasiados católicos, al responder a la doctrina de la salvación por la sola fe de muchos protestantes, se han puesto a la defensiva y han caído en una herejía llamada pelagianismo.

Documentos sobre la justificación

Antes de comenzar, presentamos tres documentos que merece la pena leer para aclarar los malentendidos acerca de la doctrina católica de la justificación.

Primero, la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación (enlace en inglés), un acuerdo de 1999 entre luteranos y católicos, al que posteriormente se asociaron metodistas y anglicanos. Si perteneces a alguna de estas confesiones, es especialmente importante: muestra el acuerdo alcanzado sobre esta doctrina.

Segundo, el Decreto sobre la justificación del Concilio de Trento (enlace en inglés), que expone la doctrina oficial católica que sigue vigente. Los católicos no creemos que nos salvemos solo por nuestras obras: la justificación inicial procede únicamente de la gracia, un don que no hemos merecido.

Tercero, una explicación de la condena del pelagianismo, la creencia de que nos salvamos por nuestras obras y no por la gracia. Esta condena se formuló en el año 418. El pelagianismo nunca había sido doctrina de la Iglesia, sino la opinión de una persona. Puede consultarse este resumen sobre san Agustín y la respuesta de la Iglesia: Pelagio y el pelagianismo (en inglés).

Por desgracia, hay católicos que mantienen esta herejía, pero nunca ha sido doctrina de la Iglesia católica.

Como referencia, el Catecismo de la Iglesia Católica explica lo siguiente sobre la salvación:

La iniciativa de la gracia siempre es de Dios: no podemos ganar por nosotros mismos el perdón ni la justificación que recibimos al comenzar la conversión. Después, movidos por el Espíritu Santo y la caridad, podemos cooperar para recibir gracias que favorecen nuestra santificación, acrecientan el amor y nos encaminan a la vida eterna. También podemos pedir bienes de esta vida, como la salud y la amistad, según la sabiduría divina. La oración cristiana pide esas gracias y bienes y nos sostiene para actuar bien. Síntesis del Catecismo, n.º 2010.

Catecismo de la Iglesia Católica, 2010 (síntesis)

La fe y las obras en la Escritura

Comencemos por la célebre frase de Efesios que Martín Lutero utilizó como «texto de prueba»: seleccionar una frase e interpretar a partir de ella una doctrina importante sin atender a su contexto, realizando así una exégesis incorrecta.

Porque de pura gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no viene de vosotros, siendo como es un don de Dios; tampoco en virtud de vuestras obras anteriores, puramente naturales, para que nadie pueda gloriarse. — Efesios 2,8-9 (Torres Amat)

Presentado de esta manera como argumento de Lutero y de muchos protestantes para afirmar que nos salvamos por la sola fe y no por las obras, podría resultar convincente. Pero así se ofrece una información engañosa. ¿No lo crees? Leamos algo más de Pablo:

Tú, al contrario, con tu dureza y corazón impenitente vas atesorándote ira y más ira para el día de la venganza y de la manifestación del justo juicio de Dios, el cual ha de pagar a cada uno según sus obras, dando la vida eterna a los que, por medio de la perseverancia en las buenas obras, aspiran a la gloria, al honor y a la inmortalidad, y derramando su cólera y su indignación sobre los espíritus porfiados, que no se rinden a la verdad, sino que abrazan la injusticia. — Romanos 2,5-8 (Torres Amat)
Por lo cual, carísimos míos, (puesto que siempre habéis sido obedientes a mi doctrina, sedlo ahora) trabajad con temor y temblor en la obra de vuestra salvación, no sólo como en mi presencia, sino mucho más ahora en ausencia mía. — Filipenses 2,12 (Torres Amat)

Sigamos examinando la justificación en su contexto y escuchemos la carta de Santiago:

¿De qué servirá, hermanos míos, el que uno diga tener fe, si no tiene obras? ¿Por ventura la fe podrá salvarle? — Santiago 2,14 (Torres Amat)

Y esta es la respuesta:

¿No véis cómo el hombre se justifica por las obras, y no por la fe solamente? — Santiago 2,24 (Torres Amat)

El amor, la fe y la vida cristiana

Volvamos ahora a Pablo y a su gran enseñanza sobre el amor en la primera carta a los Corintios:

Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y el lenguaje de los ángeles mismos, si no tuviere amor o caridad, vengo a ser como un metal que suena, o campana que retiñe. Y aunque tuviera el don de profecía, y penetrase todos los misterios, y poseyese todas las ciencias; aunque tuviera toda la fe posible, de manera que trasladase de una a otra parte los montes, no teniendo amor, soy un nada. Aunque yo distribuyese todos mis bienes para sustento de los pobres, y aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si el amor me falta, todo lo dicho no me sirve de nada. El amor es paciente, es dulce y bienhechor; el amor no tiene envidia, no obra precipitada ni temerariamente, no se ensoberbece, no es ambicioso, no busca sus intereses, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia, se complace sí en la verdad; a todo se acomoda, cree todo el bien del prójimo, todo lo espera, y lo soporta todo. El amor nunca se acaba; las profecías se terminarán, y cesarán las lenguas, y se acabará la ciencia. Porque ahora nuestro conocimiento es imperfecto, e imperfecta la profecía. Mas llegado que sea lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Así cuando yo era niño, hablaba como niño, juzgaba como niño, discurría como niño. Pero cuando fui ya hombre hecho, dejé mano a las cosas de niño. Ahora no vemos a Dios sino como en un espejo, y bajo imágenes oscuras; pero entonces le veremos cara a cara. Yo no le conozco ahora sino imperfectamente; mas entonces le conoceré con una visión clara, a la manera que soy yo conocido. Ahora permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor; pero de las tres el amor es la más excelente de todas. — 1 Corintios 13,1-13 (Torres Amat)

Por supuesto, los Evangelios contienen también numerosas palabras del propio Jesús sobre esta cuestión:

No tenéis que admiraros de esto, pues vendrá tiempo en que todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios; y saldrán los que hicieron buenas obras a resucitar para la vida eterna; pero los que las hicieron malas, resucitarán para ser condenados. — Juan 5,28-29 (Torres Amat)
A lo que replicarán también los malos: ¡Señor!, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o peregrino, o desnudo, o enfermo, o encarcelado y dejaos de asistirte? Entonces les responderá: Os digo en verdad: Siempre que dejasteis de hacerlo con alguno de estos mis pequeños hermanos, dejasteis de hacerlo conmigo. Y en consecuencia, irán éstos al eterno suplicio, y los justos a la vida eterna. — Mateo 25,44-46 (Torres Amat)

De hecho, basta con leer todo Mateo 25, en la Biblia católica de Torres Amat. No es muy largo y resulta especialmente claro.

Todos conocemos el célebre versículo de Juan 3,16:

Que amó tanto Dios al mundo, que no paró hasta dar a su hijo unigénito; a fin de que todos los que creen en él, no perezcan, sino que vivan vida eterna. — Juan 3,16 (Torres Amat)

Pero leamos unas líneas más adelante:

Este juicio de condenación consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, por cuanto sus obras eran malas. Pues quien obra mal, aborrece la luz, y no se arrima a ella, para que no sean reprendidas sus obras. Al contrario, quien obra según la verdad le inspira, se arrima a la luz, a fin de que sus obras se vean, pues han sido hechas según Dios. — Juan 3,19-21 (Torres Amat)

Esto muestra el peligro de seleccionar una frase e ignorar su contexto. Hay que leer la Sagrada Escritura atendiendo tanto a su tiempo y su cultura como a otros pasajes sobre la misma cuestión. La Biblia no se contradice: es necesario dedicar tiempo a comprender el conjunto. La propia Escritura anuncia que el Espíritu Santo nos irá revelando los misterios. El autor considera que aquí aparece una primera objeción a la Reforma: lo que no encajaba en su planteamiento quedaba descartado.

¿Se contradice entonces Pablo, o rechaza los Evangelios? En absoluto. Podríamos seguir citando a Pablo y los Evangelios para mostrar que la justificación no es un acontecimiento aislado tras el cual todo queda resuelto. Los ejemplos anteriores son claros. Para profundizar, pueden consultarse estos artículos de Catholic Answers y EWTN, ambos en inglés. Según Pablo, Jesús, Santiago, los evangelistas y dos mil años de enseñanza católica, somos salvados por la gracia, mediante la fe, para las obras.

Recordemos el pasaje de Efesios 2,8-9: «Porque de pura gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no viene de vosotros, siendo como es un don de Dios; tampoco en virtud de vuestras obras anteriores, puramente naturales, para que nadie pueda gloriarse.». Leamos ahora unas líneas anteriores:

pero Dios, que es rico en misericordia, movido del excesivo amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por los pecados, y éramos objetos de su cólera, nos dio vida en Cristo (por cuya gracia vosotros habéis sido salvados) — Efesios 2,4-5 (Torres Amat)

La gracia y el Bautismo

Aquí se describe lo que san Agustín llamaría después «pecado original». Estábamos muertos y somos salvados por la gracia de Dios mediante la resurrección de Jesucristo. Pero ¿qué significa esto exactamente? ¿Cómo recibimos esa salvación inicial? La Escritura es clara:

  • Marcos 16,16: «el que creyere y se bautizare se salvará; pero el que no creyere será condenado.»
  • Juan 3,5: «En verdad, en verdad te digo, respondió Jesús, que quien no renaciere por el bautismo del agua, y la gracia del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios.». Compárese también Juan 3,3, sobre nacer de nuevo.
  • Hechos 2,38-41: «A lo que Pedro les respondió: Haced penitencia, y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; porque la promesa de este don es para vosotros, y para vuestros hijos, y para todos los que ahora están lejos de la salud, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro. Otras muchísimas razones alegó, y los amonestaba, diciendo: Poneos en salvo de entre esta generación perversa. Aquellos, pues, que recibieron su doctrina, fueron bautizados; y se añadieron aquel día a la Iglesia cerca de tres mil personas.». Compárense Hechos 9,17-18 y 1 Corintios 12,13, que también relacionan el Espíritu Santo con el Bautismo.
  • Hechos 22,16: «Ahora, pues, ¿qué te detienes? Levántate, bautízate, y lava tus pecados, invocando su Nombre.». Véase también Hechos 9,17-18.
  • Romanos 6,3-4: «¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Jesucristo, lo hemos sido con la representación y en virtud de su muerte? En efecto, en el bautismo hemos quedado sepultados con él muriendo al pecado, a fin de que así como Cristo resucitó de muerte a vida para gloria del Padre, así también procedamos nosotros con nuevo tenor de vida.»
  • 1 Corintios 6,11: «Tales habéis sido algunos de vosotros en otro tiempo; pero fuisteis lavados, fuisteis santificados, fuisteis justificados, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y por el Espíritu de nuestro Dios.»
  • Tito 3,5: «nos ha salvado, no a causa de las obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia, haciéndonos renacer por el bautismo, y renovándonos por el Espíritu Santo,»
  • 1 Pedro 3,21: «Lo que era figura del bautismo de ahora, el cual de una manera semejante os salva a vosotros, no con quitar las manchas de la carne, sino justificando la conciencia para con Dios por la virtud de la resurrección de Jesucristo.»

Un don gratuito que debemos vivir

Entonces, ¿nos salvamos por la gracia, por la fe, por el Bautismo o por las obras? La respuesta es sí. No hicimos nada para merecer la gracia recibida. Somos salvados por la gracia de Dios mediante el Bautismo y debemos seguir viviendo como hijos de Dios:

La Iglesia católica nunca ha enseñado que «ganemos» la salvación. Es una herencia (Gálatas 5,21), dada gratuitamente a quienes se hacen hijos de Dios (1 Juan 3,1), siempre que permanezcan así (Juan 15,1-11). No puedes ganarla, pero puedes perder el don gratuito recibido del Padre (Santiago 1,17).

Sal Ciresi (traducción de la cita del artículo original)

Pablo nunca dijo que, una vez salvados por la gracia, todo quedara asegurado con independencia de lo que hiciéramos. El artículo original sostiene que Martín Lutero padecía una intensa necesidad de certeza sobre su salvación y escrúpulos, e invita al lector a investigarlo. Sin negar que formulara algunas críticas válidas, el autor considera que, en esta cuestión, tomó una frase de Pablo para aliviar su ansiedad e ignoró gran parte del resto de la Escritura. ¡Gracias a Dios, católicos y luteranos se reunieron siglos después para avanzar juntos en esta cuestión!

Para los católicos, luteranos, anglicanos y metodistas, esta es la doctrina de la justificación de vuestra Iglesia. A nuestros demás amigos cristianos los invitamos a reflexionar sobre lo leído.

Amar a Dios y al prójimo

No conviene discutir esta doctrina como si la fe y las obras compitieran entre sí. Como muestra, por ejemplo, la historia de Marta y María, la fe y el amor a Dios son fundamentales. De ellos brota el amor al prójimo: primero la fe, después las obras. Cuando preguntaron a Jesús por el mandamiento más importante, no se detuvo tras citar el Shemá sobre amar a Dios. Añadió el amor al prójimo:

Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley? Respondió Jesús : Amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente: -- el segundo es semejante a éste, y es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. — Mateo 22,36-39 (Torres Amat)

Somos salvados por una gracia que no hemos merecido de ninguna manera. Nacemos afectados por el pecado original, del que somos purificados mediante el Bautismo. Después seguimos trabajando en nuestra salvación mediante la fe y las buenas obras. Eso es lo que dice la Escritura.

Por último, ¿cómo responder bíblicamente a «¿Has sido salvado por Jesucristo?»? Si has recibido el Bautismo, puedes decir: «Sí, fui salvado por mi Bautismo, ¡pero sigo trabajando en mi salvación!».

Todas las citas bíblicas siguen la traducción católica de Félix Torres Amat. Se conserva el lenguaje de esta edición histórica.

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