Tema 7: los siete sacramentos de la Iglesia católica

…Los sacramentos son verdaderos «encuentros» con Jesús. Esto no significa que no podáis encontraros con Él en la vida cotidiana. Por supuesto que podéis, y Él mismo nos lo dice. Sin embargo, también nos indica expresamente cómo podemos experimentar su cercanía de otras maneras, más profundas.

Jesús está presente en los sacramentos de la Iglesia católica. No son símbolos vacíos de Jesús, sino encuentros reales con Él. Los sacramentos son, literalmente, lo más importante que podemos hacer. Son los medios por los que Jesús sigue actuando con mayor fuerza en nuestra vida.

Evidentemente, también se puede recibir la gracia fuera de estos sacramentos de la Iglesia católica; ninguna doctrina afirma que sean una vía exclusiva. Sin embargo, Jesús mismo nos los dio para encontrarse con nosotros. Al final de cada explicación mostraremos los pasajes de las Escrituras que apuntan a ese sacramento.

Sacramentos de la iniciación cristiana

Los tres primeros se llaman «sacramentos de la iniciación cristiana». Incorporan a los fieles a la Iglesia y los sanan de sus pecados. Son encuentros que reúnen y sanan.

Bautismo

Bautizar significa «sumergir». El Bautismo es la incorporación plena a la Iglesia y el fundamento de todos los demás sacramentos. Lo esencial es comprender que la Iglesia no es una asociación mundana a la que uno se apunta y de la que luego se da de baja. En el Bautismo entramos en el «Cuerpo Místico de Cristo». Jesús se encarnó y asumió la naturaleza humana; después, en la Ascensión, asumió un Cuerpo Místico. Por el Bautismo entramos en ese mismo Cuerpo Místico. No existe un «desbautismo».

Cristo es la cabeza del Cuerpo Místico. Después del Bautismo, dedicamos el resto de nuestra vida a encontrar nuestro lugar en ese Cuerpo. Pensad en el encuentro de Pablo —entonces Saulo— con Cristo en el camino de Damasco. Jesús le preguntó: «¡Saulo, Saulo!, ¿por qué me persigues?» (Hechos 9,4; Torres Amat). Pero Pablo estaba persiguiendo a sus seguidores, no a Jesús en persona. Es una muestra perfecta de cómo Jesús se une a sus seguidores en este Cuerpo Místico.

Somos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Quedamos unidos a Cristo y, por medio de Jesús, somos introducidos en la vida íntima de Dios.

Cuando entráis en una iglesia, mojáis los dedos en agua bendita y hacéis la señal de la cruz, recordáis precisamente esto: vuestro Bautismo.

Los bautizados ejercen su condición sacerdotal mediante los sacrificios con los que acercan a las personas a Dios. Ejercen su condición profética dando testimonio de la verdad con palabras y obras. Y ejercen su condición regia al guiar a otros —también con palabras y obras— para que pongan sus talentos al servicio del Reino de Dios.

Porque así como el cuerpo humano es uno, y tiene muchos miembros, y todos los miembros, con ser muchos, son un solo cuerpo, así también el cuerpo místico de Cristo.

A cuyo fin todos nosotros somos bautizados en un mismo Espíritu para componer un solo cuerpo, ya seamos judíos, ya gentiles, ya esclavos, ya libres; y todos hemos bebido un mismo Espíritu.

Que ni tampoco el cuerpo es un solo miembro, sino el conjunto de muchos.

Si dijere el pie: Pues que no soy mano, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo?

Y si dijere la oreja: Pues que no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo?

Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?

Mas ahora ha puesto Dios en el cuerpo muchos miembros, y los ha colocado en él como le pareció.

1 Corintios 12,12-18 — Torres Amat

El Bautismo en las Escrituras:

Jesús dio ejemplo al ser bautizado en el río Jordán por su primo Juan el Bautista. «Por este tiempo vino Jesús de Galilea al Jordán en busca de Juan para ser de él bautizado.» (Mateo 3,13; Torres Amat).

Al ascender al cielo, Jesús mandó a los apóstoles que bautizaran a otros. «Id, pues, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;» (Mateo 28,19; Torres Amat).

Confirmó la importancia del Bautismo con estas palabras: «En verdad, en verdad te digo, respondió Jesús, que quien no renaciere por el bautismo del agua, y la gracia del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios.» (Juan 3,5; Torres Amat).

La práctica de bautizar a los niños comenzó muy pronto en la historia de la Iglesia, posiblemente en tiempos de los apóstoles, pues el Nuevo Testamento recoge relatos de familias enteras que recibieron el Bautismo.

«Y una mujer llamada Lidia, que comerciaba en púrpura o grana, natural de Tiatira, temerosa de Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para recibir bien las cosas que Pablo decía. Habiendo, pues, sido bautizada ella y su familia, nos hizo esta súplica: Si es que me tenéis por fiel al Señor, venid, y hospedaos en mi casa. Y nos obligó a ello.» (Hechos 16,14-15; Torres Amat).

«Verdad es que bauticé también a la familia de Estéfanas; por lo demás, no me acuerdo haber bautizado a otro alguno que yo sepa.» (1 Corintios 1,16; Torres Amat).

Confirmación

La Iglesia describe a los confirmados como «verdaderos testigos de Cristo». La Confirmación debe entenderse como el segundo de los tres encuentros con Cristo que forman la iniciación en el Cuerpo Místico de la Iglesia. Mediante la confirmación de los bautizados asumimos con más fuerza nuestra condición de sacerdotes, profetas y reyes.

Los confirmados están llamados a fortalecer y defender la fe. Una imagen poderosa es la de convertirse en «soldados de Cristo»: están llamados a salir en misión.

Una excelente manera de entender la relación entre el Bautismo y la Confirmación es fijarse en la relación entre la Pascua y Pentecostés. En Pascua, Jesús infunde con su aliento el Espíritu Santo en los discípulos. Esto se asemeja al Bautismo. Poco después, en Pentecostés, el Espíritu Santo desciende con gran fuerza y los fortalece. Se llenan de celo y salen en misión para difundir la fe.

Las Escrituras distinguen claramente entre el Bautismo y la Confirmación.

San Felipe, uno de los siete «servidores» o diáconos ordenados en la Iglesia primitiva (Hechos 6,3-6; véase 1 Timoteo 3,8-13), y por tanto distinto del apóstol san Felipe (Mateo 10,3), bautiza a hombres y mujeres de Samaría, entre ellos a Simón, que antes practicaba la magia. Sin embargo, Felipe no impone las manos a los nuevos cristianos para que reciban el Espíritu Santo. Espera a que los apóstoles san Pedro y san Juan les confieran este sacramento.

Así, aunque los cristianos son bautizados «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mateo 28,19; Torres Amat), como manda Jesús, reciben el Espíritu Santo en otro sacramento que confirma y fortalece su vida de creyentes.

Los confirmados reciben, pues, al Espíritu Santo de una manera intensa. Según la Tradición católica, sus siete dones son sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. La interpretación habitual es la que desarrolló santo Tomás de Aquino en el siglo XIII en su Suma teológica:

  • Sabiduría: conocimiento y juicio sobre las «cosas divinas», así como capacidad de juzgar y orientar los asuntos humanos según la verdad divina.
  • Entendimiento: una comprensión que penetra en el corazón mismo de las cosas, especialmente en las verdades más elevadas necesarias para nuestra salvación eterna; en cierto sentido, la capacidad de «ver» a Dios.
  • Consejo: permite que Dios guíe a la persona en lo necesario para su salvación.
  • Fortaleza: firmeza para hacer el bien y evitar el mal, sobre todo cuando resulta difícil o peligroso, y confianza para superar todos los obstáculos, incluso los que ponen en riesgo la vida, por la certeza de la vida eterna.
  • Ciencia: capacidad de juzgar correctamente en cuestiones de fe y de conducta recta, para no apartarse nunca del camino de la justicia.
  • Piedad: consiste principalmente en reverenciar a Dios con afecto filial, rendirle culto y cumplir nuestros deberes con Él; cumplir también lo debido a los demás por su relación con Dios, honrar a los santos y no contradecir las Escrituras. La palabra latina pietas designa la reverencia hacia el padre y la patria; puesto que Dios es Padre de todos, su culto también se llama piedad.
  • Temor de Dios: en este contexto, es un temor «filial» o casto, por el que reverenciamos a Dios y evitamos separarnos de Él, a diferencia del temor «servil», centrado en el miedo al castigo.

Solo Jesucristo posee plenamente estas cualidades heroicas, pero las comunica gratuitamente a los miembros de su Cuerpo Místico, es decir, de su Iglesia. Cada cristiano nace a esta vida con ellas como un don permanente; después se cultivan mediante la práctica de las siete virtudes y quedan selladas en la Confirmación. También se llaman dones santificadores del Espíritu, porque nos ayudan a ser más santos y a prepararnos para el cielo, haciéndonos dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo en nuestra vida.

La Confirmación en las Escrituras:

En la Confirmación se unge en la frente con el santo crisma al cristiano bautizado. Tras la imposición de las manos, el ministro dice: «Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo». En las Escrituras, el Bautismo y la efusión del Espíritu aparecen frecuentemente unidos, y la Iglesia enseña que la Confirmación completa la gracia bautismal. «nos ha salvado, no a causa de las obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia, haciéndonos renacer por el bautismo, y renovándonos por el Espíritu Santo,» (Tito 3,5; Torres Amat).

Después de Pentecostés, los apóstoles imponían las manos a los cristianos recién bautizados y les comunicaban el don del Espíritu Santo. «Sabiendo, pues, los apóstoles, que estaban en Jerusalén, que los samaritanos habían recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos en llegando, hicieron oración por ellos a fin de que recibiesen al Espíritu Santo. Porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos, y luego recibían al Espíritu Santo.» (Hechos 8,14-17; Torres Amat).

Eucaristía

Podéis consultar el tema dedicado en profundidad a la Eucaristía.

Sacramentos de curación

A los sacramentos de la iniciación les siguen los de curación: la Penitencia y Reconciliación y la Unción de los enfermos. Así como la iniciación nos reúne, los sacramentos de curación nos ofrecen la sanación y la renovación necesarias para continuar la misión. Todos nos apartamos de Dios por el pecado; estos sacramentos nos devuelven a Él y limpian nuestra alma.

Penitencia y Reconciliación

Pecar es apartarse de la «alabanza recta». Con demasiada frecuencia adoramos la riqueza, el poder, el honor o el placer. «Reconciliarse» significa literalmente volver a estar «pestaña con pestaña»: una imagen de recuperar nuestra mirada puesta directamente en Dios. La Penitencia y Reconciliación son el medio más íntimo, establecido por Jesús, para retomar el buen camino y la alabanza recta.

Si pensáis en quién es Jesús y en por qué vino al mundo, encontraréis esto: vino a perdonar nuestros pecados.

Contrición, confesión y satisfacción: estos son los elementos principales de este sacramento. Contrición significa «quebrantamiento». El pecador debe sentirse quebrantado por sus pecados. Esta es la disposición adecuada y el primer paso para acercarse a la confesión. Por desgracia, el mundo en que vivimos está dominado por el relativismo y por otros mecanismos que pretenden convencernos de que nada es realmente culpa nuestra.

A continuación viene la confesión. Su idea básica es confesar los pecados mortales cometidos desde la última confesión.

La satisfacción es la penitencia de quien se confiesa. El pecado siempre implica una persona perjudicada o una injusticia. Es importante hacer todo lo posible por reparar el daño. Si existe una manera concreta de repararlo, hay que hacerlo. Otra forma habitual de satisfacción consiste en las oraciones que se mandan rezar como penitencia.

Los católicos tienen la obligación de confesarse al menos una vez al año.

Nueve de cada diez de las que llamamos ideas nuevas son simplemente errores antiguos. Una de las principales obligaciones de la Iglesia católica es impedir que las personas cometan esos viejos errores, que los repitan una y otra vez para siempre, como suelen hacer cuando se las deja a su aire… No existe otro caso de una institución inteligente y continua que lleve dos mil años reflexionando sobre el pensamiento.

G.K. Chesterton

La Penitencia y Reconciliación en las Escrituras:

En la confesión, los penitentes se arrepienten de sus pecados, los manifiestan al sacerdote y los reparan mediante una penitencia. Con la autoridad de la Iglesia, el sacerdote perdona los pecados en nombre de Cristo. Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a orar, les indicó que pidieran perdón a Dios. «Y perdónanos nuestros pecados, puesto que también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en la tentación.» (Lucas 11,4; Torres Amat).

Al llamar a sus discípulos, Jesús les pidió que se arrepintieran. «Y diciendo: Se ha cumplido ya el tiempo, y el reino de Dios está cerca: Haced penitencia, y creed las buenas nuevas.» (Marcos 1,15; Torres Amat).

Solo Dios puede perdonar los pecados, pero Jesús confió a sus apóstoles la potestad de absolverlos. «El cual les repitió: La paz sea con vosotros. Como mi Padre me envió, así os envío también a vosotros. Dichas estas palabras, alentó, o dirigió el aliento, hacia ellos; y les dijo: Recibid el Espíritu Santo, quedan perdonados los pecados a aquellos a quienes los perdonareis; y quedan retenidos a los que se los retuvieres.» (Juan 20,21-23; Torres Amat).

Después de la Ascensión de Cristo, los discípulos salen al mundo y continúan su ministerio de reconciliación. «Y toda ella es obra de Dios, el cual nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo, y a nosotros nos ha confiado el ministerio de la reconciliación. Porque Dios era el que reconciliaba consigo al mundo en Jesucristo, no imputándoles a ellos sus delitos, y él es el que nos ha encargado a nosotros predicar la reconciliación. Somos, pues, como unos embajadores en nombre de Cristo, y es Dios mismo el que nos exhorta por boca nuestra. Os rogamos, pues, encarecidamente en nombre de Cristo, que os reconciliéis con Dios.» (2 Corintios 5,18-20; Torres Amat).

Unción de los enfermos

Jesús no ignoró el sufrimiento humano durante su vida en el mundo: entró directamente en él. Buscó a los que sufrían y les ofreció curación y consuelo. A menudo llegamos a momentos en que nos encontramos prácticamente indefensos. Cuando en esos momentos nos volvemos a Dios, vivimos algunas de las experiencias más intensas de nuestra vida espiritual.

En otros sacramentos, esa impotencia puede adoptar la forma del pecado. Tal vez no logramos escapar de un modo de vida o de una conducta que nos aleja de Dios y necesitamos ayuda para volver. Pensad en la Unción de los enfermos con esa misma dinámica, pero cuando nos desborda la enfermedad del cuerpo, en vez de la del pecado, y necesitamos ayuda.

Tras los Evangelios, donde Cristo no dejó de curar a los enfermos, los Hechos de los Apóstoles siguen mencionando continuamente las curaciones realizadas por apóstoles y discípulos. Hasta hoy, la Iglesia católica cuenta con la mayor red hospitalaria del mundo, junto con muchos otros servicios dedicados a sanar.

Antes, este sacramento solía administrarse solo a quienes estaban a punto de morir. Esto se ha aclarado y ajustado: también está destinado a quienes padecen una enfermedad grave, aunque no se encuentren necesariamente al borde de la muerte.

El mundo moderno se angustia incluso ante la idea de la muerte. La visión católica es muy distinta: la muerte es un paso hacia nuestro destino más elevado. La Unción de los enfermos está llamada a ser un puente de ayuda en ese camino.

Liturgia de la Unción (traducción del texto inglés citado):

Por esta santa unción,
que el Señor, en su amor y misericordia,
te ayude con la gracia del Espíritu Santo.
Que el Señor, que te libera del pecado,
te salve y te levante.
Amén.

Del Espíritu Santo procede la gracia del consuelo; la paz y la fortaleza son efectos de este sacramento. Además, la Iglesia enseña que la Unción de los enfermos nos une a la pasión de Cristo. La manera más clara de explicarlo es que nuestro sufrimiento puede beneficiar a otros, pues estamos unidos a todos los demás en el Cuerpo Místico. Estamos llamados a aceptar el sufrimiento con el espíritu de Cristo en la cruz. Al acogerlo así, la gracia se comunica y se extiende a los demás.

La Unción de los enfermos en las Escrituras:

En la Unción de los enfermos, un sacerdote unge a quien afronta las dificultades de una enfermedad grave o de la vejez y pide en oración que reciba la gracia del sacramento. A lo largo de los Evangelios, Cristo demuestra su poder de sanar espiritual y físicamente, para bien de los que sufren y de quienes los rodean.

«¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate, toma tu camilla y camina? Pues para que sepáis que el que se llama Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados: Levántate (dijo al paralítico): Yo te lo digo; coge tu camilla y vete a tu casa. Y al instante se puso en pie, y cargando con su camilla, se marchó a vista de todo el mundo; de forma que todos estaban pasmados, y dando gloria a Dios decían: Jamás habíamos visto cosa semejante.» (Marcos 2,9-12; Torres Amat).

Jesús también dijo que sus discípulos tendrían poder para curar. «A los que creyeren, acompañarán estos milagros: En mi nombre lanzarán los demonios, hablarán nuevas lenguas, manosearán las serpientes; y si algún licor venenoso bebieren, no les hará daño; pondrán las manos sobre los enfermos, y quedarán éstos curados.» (Marcos 16,17-18; Torres Amat).

San Pablo escribió sobre el don de curación. «Pero los dones visibles del Espíritu Santo se dan a cada uno para la utilidad. Así el uno recibe del Espíritu Santo el don de hablar con profunda sabiduría; otro recibe del mismo Espíritu el don de hablar con mucha ciencia; a éste le da el mismo Espíritu una fe o confianza extraordinaria; al otro la gracia de curar enfermedades por el mismo Espíritu;» (1 Corintios 12,7-9; Torres Amat).

La Iglesia cree en sanar a los enfermos mediante la atención corporal, la oración de intercesión y la Unción, un rito descrito por Santiago. «¿Está enfermo alguno entre vosotros?; llame a los presbíteros de la Iglesia, y oren por él, ungiéndole con óleo en el Nombre del Señor. Y la oración nacida de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará; y si se halla con pecados, se le perdonarán.» (Santiago 5,14-15; Torres Amat).

Sacramentos al servicio de la comunidad

Los dos últimos sacramentos, al servicio de la comunidad, tienen que ver con salir en misión y dar forma a la estructura de la sociedad.

Fuimos creados a semejanza de Dios. Los seres humanos somos criaturas sociales, llamadas a vivir en comunidad, a ser fecundas y a multiplicarnos.

En la vida de Cristo vemos y escuchamos cómo se manifiesta el amor al otro. Darnos nos permite recibir y llegar a ser lo mejor de nosotros mismos.

El Orden y el Matrimonio ocupan un lugar central en la vida de la Iglesia porque ambos honran la importancia del amor ofrecido al servicio de los demás.

Matrimonio

El matrimonio existía mucho antes de la Iglesia, pero esta lo elevó a algo mayor: el don de uno mismo al otro. De hecho, la Biblia comienza y termina con un matrimonio. Jesús mismo es una unión de divinidad y humanidad.

Cristo en la cruz es imagen del matrimonio: se entrega por completo a su esposa, la Iglesia. El matrimonio es una institución natural, pero casarse en la Iglesia mediante este sacramento significa comprometerse y afirmar que Dios os ha unido y que el ser humano no debe ni puede separar lo que ha quedado unido. Los esposos se confieren mutuamente el sacramento, y el sacerdote y los demás presentes son testigos.

El sacramento del Matrimonio fortalece el amor. Se trata del verdadero amor cristiano, que consiste en querer el bien del otro. Cada uno de los esposos tiene como objetivo hacer santo al otro.

Además, los esposos están llamados, si es posible, a tener hijos, educarlos bien y criarlos según el camino de Cristo. Ya desde muy pronto en la historia de la fe, a la familia se la llamaba una «pequeña iglesia».

La gran paradoja del matrimonio es que, cuanto más crece cada esposo en su relación con Cristo y más centra su atención en Él, más se estrecha también la relación entre ambos.

El Matrimonio en las Escrituras:

En el matrimonio, un hombre y una mujer se entregan libremente el uno al otro en una alianza vinculante para toda la vida. La Sagrada Escritura comienza con la creación del hombre y de la mujer y termina con unas bodas.

«Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; los creó varón y hembra.» (Génesis 1,27; Torres Amat).

«gocémonos, y saltemos de júbilo, y démosle la gloria, pues son llegadas las bodas del Cordero y su esposa se ha puesto de gala o ataviada;» (Apocalipsis 19,7; Torres Amat).

La fidelidad de Dios a Israel en el Antiguo Testamento refleja un matrimonio fiel, aunque la conducta de los israelitas hacia Dios recuerda más a un matrimonio infiel. «Me dijo el Señor: Ve aún, y ama a una mujer que ha sido amada de su amigo y adúltera: así como el Señor ama a los hijos de Israel, y ellos vuelven sus ojos hacia los dioses ajenos, y aman el hollejo de las uvas.» (Oseas 3,1; Torres Amat).

Cristo habló expresamente a sus seguidores del matrimonio como unión para toda la vida. «Ellos dijeron: Moisés permitió repudiarla, precediendo escritura legal del repudio. A los cuales replicó Jesús : En vista de la dureza de vuestro corazón os dejo mandado eso. Pero al principio, cuando los creó Dios, formó a un hombre y a una mujer; por cuya razón, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se juntará con su mujer; y los dos no compondrán sino una sola carne, de manera que ya no son dos, sino una sola carne: No separe, pues, el hombre lo que Dios ha juntado. Después en casa, le tocaron otra vez sus discípulos el mismo punto. Y él les inculcó: Cualquiera que desechare a su mujer y tomare otra, comete adulterio contra ella. Y si la mujer se separa de su marido y se casa con otro es adúltera.» (Marcos 10,4-12; Torres Amat).

Jesús realizó su primer milagro en las bodas de Caná, donde convirtió el agua en vino. El Catecismo explica que la Iglesia da gran importancia a su presencia allí: ve en ella una confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que será un signo eficaz de la presencia de Cristo (Catecismo de la Iglesia Católica, 1613).

San Pablo pidió a los efesios que amaran a sus esposas con un amor sacrificado. «Vosotros, maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a su Iglesia, y se sacrificó por ella,» (Efesios 5,25; Torres Amat).

Orden

El papel fundamental y decisivo del Orden consiste en que este sacramento permite a algunos miembros de la Iglesia transmitir y administrar los demás sacramentos. Es vital para la continuidad de la Iglesia.

Los sacerdotes quedan configurados con Cristo, y Cristo está desposado con la Iglesia. Por ello, se considera que los sacerdotes están desposados con la Iglesia. El sacerdote da vida, como sucede en el Matrimonio, pero lo hace mediante los sacramentos que ofrece a su rebaño.

El Orden es el sacramento por el que la misión que Cristo confió a los apóstoles continúa ejerciéndose en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Comprende tres grados: el episcopado (obispo), el presbiterado (sacerdote) y el diaconado (diácono).

Así como en el Matrimonio ambos esposos tienen la misión de hacer santo al otro, la misión propia del sacerdote es ayudar a los bautizados a ser santos.

El Orden en las Escrituras:

En el Antiguo Testamento, Dios reservó la tribu de Leví para el servicio litúrgico. El Nuevo Testamento vincula el ministerio sacerdotal de la nueva alianza con el de la antigua. «Porque todo sumo sacerdote entresacado de los hombres, es puesto para beneficio de los hombres, en lo que mira al culto de Dios, a fin de que ofrezca dones y sacrificios por los pecados, Ni nadie se apropie esta dignidad, si no es llamado de Dios, como Aarón. Así también, Cristo no se arrogó la gloria de hacerse sumo sacerdote, sino que se la dio el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Al modo que también en otro lugar dice: Tú eres sacerdote eternamente, según el orden de Melquisedec.» (Hebreos 5,1.4-6; Torres Amat).

Por el Orden continúa la misión que Cristo confió a sus apóstoles; así sucedió desde los primeros días de la Iglesia. «La causa porque te dejé en Creta, es para que arregles y corrijas las cosas que falten, y establezcas en cada ciudad presbíteros, conforme yo te prescribí,» (Tito 1,5; Torres Amat).

El Orden comprende tres grados: episcopado, presbiterado y diaconado, es decir, obispos, sacerdotes y diáconos. Se confiere mediante la imposición de las manos, seguida de una solemne oración de ordenación. «No malogres la gracia que tienes por la consagración, la cual se te dio a pesar de tus pocos años en virtud de particular revelación, con la imposición de las manos de los presbíteros.» (1 Timoteo 4,14; Torres Amat).

«Por esta causa te exhorto a que avives la gracia de Dios, que reside en ti por la imposición de mis manos.» (2 Timoteo 1,6; Torres Amat).

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, en la Iglesia latina los sacerdotes permanecen célibes para consagrarse al Señor con un corazón indiviso. «Porque hay unos eunucos que nacieron tales del vientre de sus madres; hay eunucos que fueron castrados por los hombres; y eunucos hay que se castraron en cierta manera a sí mismos por amor del reino de los cielos. Aquel que puede ser capaz de eso séalo.» (Mateo 19,12; Torres Amat).

«Ahora bien; yo deseo que viváis sin cuidados ni inquietudes. El que no tiene mujer, anda únicamente solícito de las cosas del Señor, y en lo que ha de hacer para agradar a Dios.» (1 Corintios 7,32; Torres Amat).

A continuación… La Eucaristía es fuente y culmen de la fe católica. Nos adentraremos a fondo en las Escrituras y en la Tradición.

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Síntesis

Los siete sacramentos de la Iglesia católica tienen su fundamento en las Escrituras y son prácticas centrales de los fieles. Nos llevan a encontrarnos con Cristo de una manera especial. Por supuesto, también es posible encontrarse con Cristo fuera de los sacramentos, y la Iglesia no afirma lo contrario; pero Cristo nos los dio por una razón.

Lecturas recomendadas

The Sacraments We Celebrate: A Catholic Guide to the Seven Mysteries of Faith, de Peter J. Vaghi (en inglés).

These Are the Sacraments, de Fulton Sheen (en inglés).

Imagen de cabecera

El fresco de Rafael La disputa del Santísimo Sacramento presenta una escena con testigos en la tierra y en el cielo. Se conserva en los Museos Vaticanos y mide unas 200 por 300 pulgadas, aproximadamente 5,08 por 7,62 metros. Es fácil pasar por alto su belleza si no se comprende su significado.

Jesús está sentado en un trono y se ven las llagas de los clavos; Dios Padre aparece detrás de Él. El Espíritu Santo está situado debajo. María, su madre, y Juan el Bautista, su primo y precursor, aparecen sentados junto a Jesús. María, Juan y las tres personas de la Santísima Trinidad forman juntos la figura de una cruz.

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Las citas bíblicas proceden de la traducción católica de Félix Torres Amat. Se conserva el lenguaje de esta edición histórica, que puede diferir de las traducciones modernas. Los vídeos originales se conservan en inglés.

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