Tema 8: la Eucaristía, fuente y culmen de la fe

…Después de tratar los demás sacramentos, es importante detenernos más en la Eucaristía, tanto por su importancia para nuestra fe como por la alarmante y catastrófica falta de comprensión de este sacramento entre la mayoría de los católicos.

La «presencia real» de Jesucristo se da en la Eucaristía. Esta es una afirmación central de la Iglesia católica. Sin embargo, una encuesta de Pew Research de 2019 encontró que solo un tercio de los católicos cree en esta presencia real, y prácticamente nadie fuera de la Iglesia católica.

Esto supone un problema. Si reducimos la Eucaristía a un símbolo o a un elemento más de nuestra fe, o la descartamos por completo, estamos tirando del hilo suelto de una prenda que pronto deshará toda nuestra fe cristiana.

Llegamos aquí a un punto decisivo para saber si queréis seguir interesándoos por la fe católica. Los católicos que acuden a misa (tema en inglés) y no creen en la presencia real sencillamente no están practicando el catolicismo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Son muchas las causas de este abandono de la fe en la Eucaristía. Hay importantes influencias culturales negativas, además de una catequesis muy deficiente que ha contribuido a esta falta de fe. Pero ahora la Iglesia, diversos apostolados y los laicos están haciendo un gran esfuerzo por devolver a la Eucaristía su lugar central en la enseñanza católica.

La explicación de esta afirmación central sobre la presencia real debe comenzar por las Escrituras, y en ellas se centrará la mayor parte de este tema. Preparaos: es muy posible que buena parte de lo que vais a leer os resulte nuevo. Después podréis decidir si queréis seguir explorando la fe católica.

El «Verbo»

Comenzaremos por una idea muy clara que recorre toda la Biblia: Dios da existencia a las cosas mediante su PALABRA. Examinemos dos de los pasajes más importantes, empezando por el capítulo 1 del Génesis, en la traducción católica de Torres Amat. Podéis seguir el enlace; fijaos en la secuencia: Dios «dijo», y entonces hubo creación.

Pasemos ahora al magnífico prólogo del Evangelio de Juan:

En el principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.

El estaba en el principio en Dios.

Por él fueron hechas todas las cosas; y sin él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y esta luz resplandece en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la han recibido.

Juan 1,1-5 — Torres Amat

Dejemos esto señalado por el momento, pero recordemos lo esencial: LO QUE DIOS DICE, ES. Dios crea mediante su palabra y, como señala Juan, Jesús estaba allí desde el principio y es el Verbo.

Volveremos a esta idea después de ver cómo la Biblia habla constantemente de la fuente de la vida mediante la imagen del «pan», quizá el alimento más importante durante gran parte del tiempo en que se escribió la Biblia.

La importancia del «pan» en la Biblia

Hemos puesto «pan» entre comillas porque, antes de explicar su importancia bíblica, esta puede resultar un tanto extraña. Hay que situarse en el tiempo y el lugar de los relatos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Para nosotros, el pan es algo que comemos de vez en cuando. Para las personas de aquellos relatos, era sinónimo de «alimento» y, más aún, su fuente de vida. Al seguir leyendo, no penséis que los autores bíblicos hablan del pan como quien habla de «hamburguesas». Para ellos, el pan era lo que los mantenía vivos.

El pan cumple tres funciones importantes en la Biblia: 1) proporciona alimento real; 2) nos reúne en comunión al compartirlo con otros; y 3) nos introduce en una relación de alianza con Dios. Repasemos tres ejemplos del Antiguo Testamento que prefiguran a Cristo y la Eucaristía.

Abrahán, Melquisedec y la Eucaristía

Abrahán, llamado entonces Abrán, se encuentra con un «rey y sacerdote» pagano llamado Melquisedec. ¿A quién más se presenta como rey y sacerdote? A Jesús. El nombre Melquisedec significa «rey de justicia»; también así se presenta a Jesús. Melquisedec es rey de Salem, ciudad que después se llamará Jerusalén. Allí Jesús fue objeto de burla como «rey de los judíos». Leamos ahora el Génesis:

Pero Melquisedec rey de Salem, presentando pan y vino, pues era sacerdote de Dios altísimo,

Génesis 14,18 — Torres Amat

Pasemos al capítulo 7 de la Carta a los Hebreos.

En efecto, este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios altísimo, es el que salió al encuentro a Abrahán cuando volvía victorioso de la derrota de los cuatro reyes, y el que le bendijo;

a quien así mismo dio Abrahán el diezmo de todos los despojos que había recogido, cuyo nombre en primer lugar significa rey de justicia; además de eso era rey de Salem, que quiere decir rey de paz,

representado sin padre, sin madre, sin genealogía, sin ser conocido el principio de sus días, ni el fin de su vida, sino que siendo por todo esto imagen del Hijo de Dios, queda sacerdote eternamente.

Hebreos 7,1-3 — Torres Amat

Tenemos, pues, a Melquisedec, una figura que prefigura claramente a Jesús. ¿Y qué hace por Abrán, patriarca del pueblo santo de Dios? Le ofrece pan y vino. Recordadlo y sigamos adelante.

La Pascua judía y la Eucaristía

La Pascua judía conmemora el Éxodo: Dios preservó a los primogénitos de Israel y permitió que Moisés sacara a su pueblo de la esclavitud de Egipto para conducirlo a la Tierra Prometida. Jesús dio un nuevo sentido a esta experiencia en el Nuevo Testamento.

En tiempos de Jesús, la cena pascual incluía pan ácimo, vino, hierbas y un cordero sin defecto. Como parte del rito se pronunciaba una bendición —beraká— sobre la copa y el pan.

La Última Cena de Jesús fue una cena pascual. Sin embargo, no aparece el cordero, que en aquella época sin duda habría estado presente. En su lugar, sabemos que Jesús es el «Cordero de Dios», como lo llamó Juan el Bautista: el cordero pascual sin mancha que ocupa ese lugar y es llevado al sacrificio. Jesús transformó el significado de la Pascua. La Eucaristía, instituida en la Última Cena, lleva a su plenitud la Pascua judía. El sufrimiento, la muerte, la resurrección y la ascensión de Cristo hacen posible pasar de la esclavitud del pecado a la liberación definitiva en la resurrección de la humanidad.

Repasemos las semejanzas entre la Pascua judía y la Eucaristía en la Última Cena:

Pascua: pan y vino (Éxodo 12,15; Números 9,11-12).

Eucaristía: Jesús compartió el pan y el vino con sus discípulos (Lucas 22,19-20).

Pascua: un cordero sin defecto (Éxodo 12,4-5).

Eucaristía: Jesús es el Cordero pascual, el Cordero de Dios (Juan 19,36; 1 Corintios 5,7; 1 Pedro 1,19).

Pascua: no debía romperse ningún hueso del cordero (Números 9,12).

Eucaristía: los soldados no quebraron los huesos de Jesús en la cruz (Juan 19,33.36).

Pascua: beraká, «bendición».

Eucaristía: Jesús tomó el pan y pronunció una bendición (Mateo 26,26; Marcos 14,22; Lucas 22,19-20).

Pascua: celebra el paso de los hebreos de la esclavitud en Egipto a la libertad en la Tierra Prometida (Éxodo 12).

Eucaristía: celebra el paso de la esclavitud del pecado a la libertad en la Resurrección, de la muerte a una vida nueva (1 Corintios 5,7-8).

Pascua: Moisés roció al pueblo con sangre al establecerse la alianza (Éxodo 24,8; Zacarías 9,11).

Eucaristía: Jesús derramó su sangre al establecer la nueva alianza (Jeremías 31,31; Lucas 22,20).

El maná y la Eucaristía

Llegamos ahora a un puente explícito entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, al acercarnos a unas palabras concretas de Jesús. Comencemos por el maná. Dios proporcionó milagrosamente a los israelitas este pan del cielo para sostenerlos durante los cuarenta años de su peregrinación. Recordad también cuánto tiempo pasó Jesús en el desierto, sometido a tentación: cuarenta días. El pan llamado maná aparecía con el rocío de la mañana y desaparecía con el sol.

He aquí algunos detalles bíblicos sobre el maná que invitan a reflexionar. Según Sabiduría 16,20, el Señor incluso adaptaba su sabor a cada persona. Puesto que los mantuvo sanos durante cuarenta años, debía de ser un alimento equilibrado. Los israelitas solo debían recoger lo necesario para cada día; el sobrante se estropeaba. La excepción era el sábado, para el que debían reunir de antemano alimento para dos días.

Volveremos al maná al tratar el capítulo 6 de Juan, pero conviene señalar ya un patrón. Primero, los judíos del Éxodo se quejaron contra Dios y recibieron el maná, el pan del cielo. Después, en Juan 6, los judíos «murmuraban» cuando Jesús les dijo: «Yo soy el pan vivo, que he descendido del cielo» (Juan 6,41; Torres Amat). Finalmente, una de las principales objeciones de la Reforma, todavía presente hoy dentro de la fe católica, es la protesta contra la Eucaristía. Como veis, en el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, la Reforma y nuestros días aparecen la queja y la resistencia, incluso cuando Dios no podría expresarse con mayor claridad.

El Antiguo Testamento habla del pan mucho más de lo que podemos abarcar aquí, pero estos ejemplos permiten ver cómo Dios nos iba conduciendo hacia la Eucaristía.

Lectura recomendada: el excelente libro Jesus and the Jewish Roots of the Eucharist: Unlocking the Secrets of the Last Supper, de Brant Pitre, ofrece una explicación detallada de la fe católica en la Eucaristía (título original en inglés).

El relato de la Natividad y la Eucaristía

Examinemos con atención el relato de la Natividad, lleno de anticipaciones de la Eucaristía que durante décadas se han pasado por alto en nuestra formación católica.

Un breve repaso:

David, el gran rey del Antiguo Testamento, nació en una pequeña ciudad llamada Belén. Como sabemos, Jesús nació en esa misma ciudad. ¿Qué significa literalmente «Belén»? Casa del pan.

Veamos el versículo de Lucas que describe dónde nació:

Y tuvo a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en el mesón.

Lucas 2,7 — Torres Amat

Fijémonos en el pasaje anterior y en la traducción de dos palabras importantes: «pesebre» y «mesón».

Comencemos por «mesón». No se trataba de una especie de hotel. De hecho, se habla del mismo tipo de estancia en el que Jesús celebró la Última Cena e instituyó la Eucaristía.

La palabra griega utilizada aquí es katalyma. Designa una especie de «habitación de huéspedes» dentro de una casa. Hay otro lugar en los Evangelios donde nuestras traducciones hablan de una «posada»: el relato del buen samaritano, que deja allí al herido. En ese caso no se utiliza katalyma, sino la palabra griega habitual para posada.

Pasemos ahora al momento en que Jesús manda a sus discípulos preparar una estancia para la Última Cena:

Y dirás al padre de familia de ella: El Maestro te envía a decir: ¿Dónde está la pieza en que yo he de comer el cordero pascual con mis discípulos?

Lucas 22,11 — Torres Amat

Aquí vemos la expresión «la pieza», es decir, la estancia de huéspedes. Es la misma palabra griega que antes, en el relato de la Natividad, se traduce como «mesón». Observad también que estos son los únicos dos lugares de los Evangelios en los que se utiliza esa palabra concreta.

Relacionemos ambos pasajes. Al principio no hay sitio para Jesús en el katalyma, el tipo de lugar donde más tarde celebrará la Última Cena e instituirá la Eucaristía, ofreciendo su Cuerpo y su Sangre. Al nacer, todavía no ha llegado ese momento. Después, en el katalyma de la Última Cena, Jesús dice:

Después tomó el pan, dio gracias, lo partió, y se los dio, diciendo: Este es mi cuerpo, el cual se da por vosotros; haced esto en memoria mía.

Lucas 22,19 — Torres Amat

Las casas tradicionales de Belén disponían de una zona habitual de vivienda y de un katalyma para los huéspedes. La hospitalidad estaba profundamente arraigada en la cultura judía de la época. También había una zona separada para los animales, que entraban de noche para protegerlos de depredadores y ladrones.

Como no había sitio en el katalyma, la habitación de huéspedes de la casa, María solo pudo acostar al niño en el phatnē, el pesebre. Un pesebre es, literalmente, el comedero de los animales.

Reunamos todas estas ideas. Jesús nace en el lugar llamado «Casa del pan», Belén. No hay sitio para Él en la «habitación de huéspedes», expresión que solo vuelve a aparecer en los Evangelios al hablar de la estancia de la Última Cena, la Eucaristía. Todavía no ha llegado esa parte de su misión. Al no haber lugar en la habitación de huéspedes de la casa, solo pueden colocarlo en el comedero: una anticipación de Juan 6, donde Jesús nos dice que debemos comer su carne.

Este tipo de escena —«cerca, pero todavía no»— es habitual al interpretar el Antiguo Testamento. Aquí Jesús aún no ha llegado al acto final en el que nos entrega su Cuerpo en la Última Cena. Algo semejante ocurre con Abrahán y el sacrificio de Isaac. Abrahán, el padre, hizo que su hijo Isaac llevara la leña hasta una colina donde iba a ser sacrificado. ¿Os recuerda a Jesús llevando la cruz al Calvario para morir? Pero Isaac no murió, porque todavía no había llegado el momento de que el Padre entregara a su Hijo en sacrificio. Del mismo modo, podemos ver una clara anticipación de lo que espera a Jesús recién nacido.

Juan 6 y la Eucaristía

Además de la propia Última Cena, el capítulo 6 de Juan establece los fundamentos de la Eucaristía. Antes de adentrarnos en él, hablemos de quién es Jesús y de cómo se expresa.

Jesús es plenamente hombre y plenamente Dios. Esto significa que, aun siendo divino, vive en el espacio y el tiempo y forma parte de la cultura de su época. Al leer los Evangelios resulta evidente que tiene una manera particular de hablar y enseñar. No solo utiliza parábolas; también recurre a la hipérbole para subrayar una idea. Por ejemplo, ¿veis a muchos cristianos sin un ojo o sin una mano por las instrucciones de Jesús en el capítulo 5 de Mateo? Por supuesto que no: estaba empleando una hipérbole.

Comencemos con dos ejemplos del Evangelio de Juan en los que Jesús utiliza este modo de hablar y después aclara su mensaje. Aquí habla a Nicodemo sobre nacer de nuevo. Nicodemo no lo entiende, y Jesús explica su sentido espiritual:

Le respondió Jesús : Pues en verdad, en verdad te digo, que quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios o tener parte en él.

Le dijo Nicodemo: ¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Puede acaso volver otra vez al seno de su madre para renacer?

En verdad, en verdad te digo, respondió Jesús, que quien no renaciere por el bautismo del agua, y la gracia del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios.

Juan 3,3-5 — Torres Amat

Sucede de nuevo en el relato de la mujer junto al pozo. No lo reproduciremos entero, pues es largo; podéis leerlo en Juan 4,4-26, en la Biblia católica de Torres Amat. Jesús habla del agua viva, la mujer le pide de beber y Él aclara que saciará la sed espiritual.

Hay otra ocasión en que Jesús hace una aclaración de este tipo: la más firme y clara de los Evangelios. Provocó que muchos seguidores lo abandonaran, una clara anticipación de la Reforma protestante y, también, de la pérdida de fe dentro de la Iglesia católica. Escuchemos cómo dice claramente que deben comer su Cuerpo y cómo lo reafirma con fuerza. Después observaremos qué sucede.

Primero menciona el maná:

Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Les dio a comer pan del cielo.

Les respondió Jesús : En verdad, en verdad os digo: Moisés no os dio pan del cielo; mi Padre es quien os da a vosotros el verdadero pan del cielo.

Juan 6,31-32 — Torres Amat

Después relaciona el maná consigo mismo:

Yo soy el pan vivo, que he descendido del cielo. Quien comiere de este pan, vivirá eternamente; y el pan que yo daré, es mi misma carne, la cual daré yo para la vida o salvación del mundo.

Juan 6,51 — Torres Amat

Los presentes no daban crédito a esta afirmación, como muestra el versículo siguiente:

Comenzaron entonces los judíos a altercar unos con otros, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Juan 6,52 — Torres Amat

Jesús insiste una y otra vez y lo aclara con tanta fuerza y precisión como en cualquier otro pasaje de los Evangelios:

Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo, que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.

Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el último día.

Porque mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre es verdaderamente bebida.

Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él.

Así como el Padre que me ha enviado vive, y yo vivo por el Padre; así quien me come, también él vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo. No sucederá como a vuestros padres, que comieron el maná, y no obstante murieron. Quien come este pan, vivirá eternamente.

Juan 6,53-58 — Torres Amat

Un último detalle sobre este pasaje: la palabra griega que utiliza para «comer» no es simplemente el término genérico, sino el que significa «roer» o «masticar». Jesús está subrayando su afirmación con vehemencia.

Pero el pasaje continúa. Jesús sigue hablando, consciente de que sus palabras resultan desconcertantes:

Y muchos de sus discípulos habiéndolas oído, dijeron: Dura es esta palabra: ¿y quién es el que puede escucharla?

Mas Jesús sabiendo por sí mismo que sus discípulos murmuraban esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza?

Juan 6,60-61 — Torres Amat

A medida que avanza el relato, muchos seguidores lo abandonan: de nuevo, una imagen de la Reforma y de quienes, dentro de la Iglesia católica, no creen en la presencia real en la Eucaristía. Pero Pedro, la roca de la Iglesia católica, no le falla cuando Jesús le pregunta por su fe:

Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.

Juan 6,69 — Torres Amat

¡Ese es nuestro Pedro! Pasemos ahora a la Última Cena, donde Jesús habla a sus apóstoles con toda claridad:

Después tomó el pan, dio gracias, lo partió, y se los dio, diciendo: Este es mi cuerpo, el cual se da por vosotros; haced esto en memoria mía.

Del mismo modo tomó el cáliz después que hubo cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derramará por vosotros.

Lucas 22,19-20 — Torres Amat

Los que no creían y no querían saber nada de Jesús después de oír que debían comer su carne lo abandonaron. Pedro y los demás apóstoles, que habían afirmado su fe en Juan 6, permanecen con Él. No se burlan de un lenguaje tan directo.

En la Última Cena, al compartir el pan, Jesús dice: «Este es mi cuerpo» (Lucas 22,19; Torres Amat). ESTE ES MI CUERPO. Aquí no hay un griego ambiguo. Jesús es Dios. Lo que Dios dice, es.

Por supuesto, Juan 6 termina con uno de los apóstoles que no cree en todo esto: Judas.

Le replicó Jesús : Pues, ¿no soy yo el que os escogí a todos doce, y con todo uno de vosotros es un diablo?

Decía esto por Judas Iscariote, hijo de Simón, que, no obstante de ser uno de los doce, le había de vender.

Juan 6,70-71 — Torres Amat

El poder de la palabra de Dios

Resulta desconcertante que quienes aceptan las demás obras de Jesús en los Evangelios hayan abandonado la fe en su presencia real en la Eucaristía, especialmente quienes interpretan las Escrituras de forma tan literal en otras formas de cristianismo.

Jesús resucita a tres personas con su palabra. A lo largo de los Evangelios cura a los enfermos. ¿Cómo lo hace? Mediante su palabra.

Los cristianos creen que Dios se hizo hombre. Sin embargo, muchos no creen que, de cierto modo, se haya dado bajo la forma del pan para salvarnos, aunque no podría haber sido más claro sobre esta cuestión.

La transmisión de la celebración de la Eucaristía

Si aceptamos lo que Jesús dijo en Juan 6 y en la Última Cena, debemos preguntarnos si solo se salvarían los apóstoles. Él establece claramente lo que hay que hacer con la Eucaristía: comer el pan que es su Cuerpo y beber el vino que es su Sangre. Si todo terminara ahí, ¿habría que concluir que solo se salvarían los presentes en la Última Cena?

Aquí debemos fijarnos en los innumerables ejemplos de cómo Jesús dio su autoridad a los apóstoles. Estos pasajes muestran cómo la confió a la Iglesia:

«Entonces Jesús, acercándose, les habló en estos términos: A mí se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándolas a observar todas las cosas que yo os he mandado. Y estad ciertos que yo mismo estaré siempre con vosotros, hasta la consumación de los siglos.» (Mateo 28,18-20; Torres Amat).

«El cual les repitió: La paz sea con vosotros. Como mi Padre me envió, así os envío también a vosotros.» (Juan 20,21; Torres Amat).

«Quien a vosotros recibe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe a aquel que me ha enviado a mí.» (Mateo 10,40; Torres Amat).

«El que os escucha a vosotros, me escucha a mí; y el que os desprecia a vosotros, a mí me desprecia. Y quien a mí me desprecia, desprecia a aquel que me ha enviado.» (Lucas 10,16; Torres Amat).

«Y yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas o poder del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra, será también atado en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado en los cielos.» (Mateo 16,18-19; Torres Amat).

Jesús concede autoridad a sus apóstoles; nos dice claramente que debemos comer su Cuerpo y beber su Sangre; y en la Última Cena afirma de manera inequívoca que el pan y el vino son su Cuerpo y su Sangre. Además, Él mismo deja claro en las Escrituras que debemos repetir la Eucaristía en adelante, al mandarnos: «haced esto en memoria mía» (Lucas 22,19; Torres Amat):

Después tomó el pan, dio gracias, lo partió, y se los dio, diciendo: Este es mi cuerpo, el cual se da por vosotros; haced esto en memoria mía.

Lucas 22,19 — Torres Amat

Recordad que hacemos algo en memoria de alguien después de que se haya ido.

Transubstanciación

El término «transubstanciación» empezó a utilizarse en los siglos XI o XII, pero su uso remite a la fuente misma: Jesús. En el Padrenuestro, que Él nos enseñó, la expresión que traducimos como «pan de cada día» procede del griego epiousios, que se traduce como «pan sobresustancial». Este término aparece exactamente dos veces en el griego antiguo, solo en los Evangelios. «Transubstanciación» se utiliza para explicar cómo ese pan sobresustancial adquiere su forma.

La transubstanciación significa que las «sustancias» del pan y del vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo durante la celebración de la Eucaristía. Lo que permanece del pan y del vino son los «accidentes»: sus características perceptibles. Siguen pareciendo pan y vino, pero, mediante la transubstanciación, cambia la realidad más profunda de ambos.

La Eucaristía, tal como se presenta en los Evangelios, contiene la presencia real de Jesucristo: su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, cuya realidad profunda ha cambiado, como Él mismo afirmó.

La Eucaristía se celebraba desde los comienzos del cristianismo. El fresco Fractio panis —«Fracción del pan»— de las catacumbas de Priscila, en la Vía Salaria, data del siglo II y muestra cómo la celebraban los primeros cristianos. Siete personas, una de ellas una mujer, están sentadas o reclinadas alrededor de una mesa con una copa de vino tinto mezclado y dos grandes platos. En uno hay cinco panes y en el otro dos peces, las mismas cantidades del milagro evangélico de la multiplicación. En el extremo izquierdo, un hombre —¿un obispo?— sostiene un pequeño pan y lo parte con los brazos extendidos, como hizo Jesús en la Última Cena y antes de dar de comer a los cinco mil y a los cuatro mil. Junto a él hay una copa de dos asas.

También sabemos que los primeros cristianos celebraban la Eucaristía creyendo en la presencia verdadera del Cuerpo de Cristo por la reacción de los romanos. Al oír hablar de esta fe, estos acusaron ampliamente de canibalismo a los cristianos. Atenágoras de Atenas tuvo que defenderlos de esa acusación, nacida de una comprensión errónea de la Eucaristía, en su Legatio pro Christianis, hacia el año 176 d. C. (enlace en inglés).

Unos veinticinco años antes de Atenágoras, hacia el año 150, Justino Mártir intentó explicar la Eucaristía al emperador romano Antonino Pío:

Este alimento se llama entre nosotros Εὐχαριστία [Eucaristía]… No lo recibimos como pan común ni como bebida común; sino que, del mismo modo que Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne por el Verbo de Dios, tuvo carne y sangre para nuestra salvación, así se nos ha enseñado que el alimento bendecido por la oración de su palabra, del que se nutren por transformación nuestra sangre y nuestra carne, es la carne y la sangre de aquel Jesús que se hizo carne. Porque los apóstoles, en las memorias que compusieron y que se llaman Evangelios, nos transmitieron lo que les fue mandado: que Jesús tomó el pan y, después de dar gracias, dijo: «Haced esto en memoria mía; este es mi cuerpo»; y que, del mismo modo, tomó la copa, dio gracias y dijo: «Esta es mi sangre», y se la dio solo a ellos.

San Justino Mártir, Primera apología, capítulo 66 (traducción del texto inglés citado)

El catolicismo, fundándose en las Escrituras, afirma que la Eucaristía es fuente y culmen de nuestra fe. Lo es todo.

Nota: si queréis colaborar para que vuestra comunidad católica comprenda mejor la Eucaristía, podéis consultar el sitio del National Eucharistic Revival y ver cómo participar (sitio original en inglés).

A continuación… Algunas palabras importantes para conocer la fe católica.

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Síntesis

Para un católico, la Eucaristía es, en una palabra, «todo». Por eso resulta tan triste y decepcionante que la mayoría no comprenda este sacramento ni lo venere como debe. Las Escrituras, de principio a fin, nos conducen hacia la Última Cena y la institución de la Eucaristía.

Lecturas recomendadas

The Eucharist: Mystery of Presence, Sacrifice, and Communion, de Lawrence Feingold (en inglés).

The Eucharist: Our Sanctification, de Raniero Cantalamessa (título original en inglés).

Imagen de cabecera

Francisco de Zurbarán transformó lo que a primera vista parece un sencillo bodegón en una poderosa imagen de devoción religiosa. Un cordero inocente, atado y preparado para el sacrificio, simboliza el Cuerpo de Cristo, el Cordero de Dios que, según el Evangelio de Juan, murió para quitar el pecado del mundo (cf. Juan 1,29).

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Las citas bíblicas proceden de la traducción católica de Félix Torres Amat. Se conserva el lenguaje de esta edición histórica, que puede diferir de las traducciones modernas.

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