Tema 1: la misa católica, un encuentro con Cristo

Comenzamos la segunda parte, «El culto católico», con la práctica central de la Iglesia: la misa. Dicho de forma sencilla, aquí «venimos» para reunirnos, renovarnos y alegrarnos; después «salimos» al mundo para cumplir nuestra misión.

Ser católico es, en lo más esencial, mantener una relación con una persona. La misa es un encuentro privilegiado con Jesús y la forma más elevada de oración. Su estructura recuerda las muchas comidas que Jesús compartió con sus seguidores y con pecadores de todo tipo. La primera parte es la liturgia de la Palabra, semejante a la conversación antes de comer; la segunda es la comida, bajo la forma de la Eucaristía.

La misa católica es una gran anticipación del cielo. No tiene una finalidad utilitaria: consiste en estar en presencia de Dios y alabarlo sin cesar. En eso consiste el cielo.

La misa nos devuelve al primer propósito de Dios para nosotros, presente desde el comienzo del Génesis, cuando fuimos creados. Fuimos hechos para ejercer una función sacerdotal en toda la creación y ofrecer a Dios una alabanza recta. En la misa nos ajustamos plenamente a ese propósito original: volvemos a la humanidad anterior a la caída.

Durante la misa se desarrolla un diálogo entre el sacerdote, como presencia de Cristo, y su Cuerpo Místico. Por ello, no es una conferencia ni una representación.

Al participar en la misa somos llamados al amor, al perdón y a la no violencia. Somos convocados a salir del mundo del pecado y entrar en el Cuerpo Místico de Cristo.

La llamada a la misa recuerda el relato del arca de Noé. El mundo está lleno de pecado y el arca representa un refugio. Acudimos para renovarnos y recuperar fuerzas, pero no para quedarnos dentro. Una vez renovados por la Eucaristía, estamos llamados a salir al mundo. ¿Os habéis fijado en que muchas iglesias y catedrales tienen forma de grandes barcos? Incluso su espacio principal se llama «nave». No es casualidad. Veamos ahora cada parte de la misa.

Ritos iniciales

Al entrar para la misa, mojamos algunos dedos de la mano derecha en agua bendita y hacemos la señal de la cruz. Recordamos así nuestro Bautismo y nuestra incorporación al Cuerpo Místico. También se hace al salir.

Al entrar en la iglesia, buscamos un banco, hacemos una genuflexión con una rodilla y la señal de la cruz. Hacedlo también al salir. Si no podéis hacer genuflexión, basta una inclinación sencilla. Conviene saber dónde se reserva el Santísimo Sacramento, pues la genuflexión se dirige hacia ese lugar. Podéis consultarlo en la web de vuestra parroquia o preguntar a un sacerdote. Comenzará un canto y es muy importante participar: como se atribuye a san Agustín, quien canta reza dos veces.

Comienza la procesión de entrada, normalmente desde el fondo de la iglesia. Participan distintos ministros de la celebración y, al final, el sacerdote celebrante. Al acercarse, el sacerdote y los ministros correspondientes besan el altar. Se coloca sobre él el Evangeliario, el sacerdote se dirige a la sede y, al terminar el canto, hace la señal de la cruz y saluda a la asamblea.

Tras la señal de la cruz y el saludo del sacerdote, la asamblea responde: «Y con tu espíritu». Ya hemos reverenciado los cuatro lugares en los que afirmamos que Jesús está verdaderamente presente: la Palabra, en el Evangelio colocado sobre el altar; la Eucaristía; la asamblea; y el ministro. Es un buen momento para recordar que todo en la misa tiene importancia y una razón de ser.

El sacerdote puede dirigirse a la asamblea sobre algo relevante para ese día o esa semana, como una fiesta o los sacramentos que vayan a recibir algunos fieles.

Después conduce el acto penitencial, en el que reconocemos nuestros pecados. Suele hacerse mediante el Yo confieso (texto del enlace en inglés) o el Kyrie eleison, que comienza con el conocido «Señor, ten piedad». El Kyrie puede hacerse por separado, pero, cuando se recita, aparece al final del acto penitencial. Reconocemos nuestros pecados al comienzo para disponernos a agradecer la misericordia de Dios.

Pasamos al canto del Gloria. Los ángeles del cielo lo entonaron por primera vez con motivo del nacimiento de Cristo en la tierra.

Los ritos iniciales terminan con la oración colecta. Después de un breve silencio para orar, se dirige a Dios una oración relacionada con las lecturas, la fiesta del día o la intención de la misa. Ese silencio es para que cada uno presente sus plegarias a Dios. Después, el sacerdote reúne la oración de la asamblea. No os limitéis, por tanto, a permanecer callados: aprovechad ese momento para ofrecer vuestra propia oración.

La asamblea se sienta y se dispone a escuchar la Palabra.

Liturgia de la Palabra

La Palabra de Dios proclamada en la misa es «eficaz»: no solo nos informa sobre Dios y su voluntad, sino que nos ayuda a cumplirla en nuestra propia vida.

La estructura comprende una lectura del Antiguo Testamento, un salmo cantado, una lectura del Nuevo Testamento vinculada a un apóstol —normalmente Pablo—, el aleluya y la proclamación del Evangelio.

El Evangelio es la cumbre de la liturgia de la Palabra. Las lecturas del Antiguo Testamento describen las promesas de Dios y cómo preparó a su pueblo para la llegada de su Hijo. Las epístolas y otros escritos, como los Hechos de los Apóstoles, narran la historia de la Iglesia primitiva y recogen las reflexiones de san Pablo y de otros seguidores de Cristo sobre su vida y su mensaje.

Las tres lecturas suelen estar relacionadas, aunque hay variaciones según el tiempo litúrgico. La del Antiguo Testamento muestra cómo Dios nos preparaba para Cristo desde el principio. Es importante escuchar todas las lecturas y descubrir la relación entre sus mensajes.

La asamblea permanece sentada durante las dos primeras lecturas.

Al terminar la primera lectura se dice «Palabra de Dios», recordándonos que se proclama a Jesús. La asamblea responde: «Te alabamos, Señor».

A continuación se canta el salmo, generalmente con respuestas en las que puede participar la asamblea.

La siguiente lectura está vinculada a un apóstol y no procede directamente de un Evangelio. Se repite el diálogo «Palabra de Dios» y su respuesta.

La asamblea se pone de pie y canta el aleluya, normalmente guiada por el coro.

Durante el aleluya se eleva el Evangeliario y se lleva al lugar de la proclamación.

El sacerdote traza la señal de la cruz sobre el Evangelio y después en la frente, los labios y el pecho. Los fieles pueden hacer lo mismo, pensando: que el Señor esté en mi mente, en mis labios y en mi corazón. Al hacer estas señales pueden responder: «Gloria a ti, Señor».

En la proclamación del Evangelio se hace especialmente presente Cristo y la asamblea se reúne plenamente en el Cuerpo Místico. Después, el sacerdote besa el libro y meditamos lo que hemos recibido, pues Jesús ha entrado en nuestra mente y en nuestro corazón. Empezamos a pensar cómo aplicar la lectura a nuestra vida para acercarnos más a Él. El paso siguiente nos ayuda en ese camino.

Homilía, Credo y oración universal

Ya no somos solo una asamblea que escucha y recibe la Palabra: nos preparamos para salir y ponerla en práctica. A ello sirven la homilía, el Credo (tema en inglés) y la oración universal.

Conviene distinguir entre una homilía y un sermón en sentido general. Un sermón puede partir de cualquier idea elegida por quien habla y utilizar las Escrituras para apoyarla. La homilía se basa en las lecturas del día, junto con observaciones personales del sacerdote que ayuden a relacionarlas con la vida.

La homilía prolonga las lecturas y es el primer paso para preparar a la asamblea a salir en misión hasta la siguiente misa.

Sigue un breve silencio para asimilar las lecturas y la homilía. En cierto modo, empezamos a tomar fuerzas para salir al encuentro del mundo.

Todos recitan uno de los dos credos: el de Nicea o el más breve y antiguo Símbolo de los Apóstoles. Esto une a los fieles con la fe católica de todo el mundo. No es una simple declaración de creencias, sino una fórmula que ayuda a dar fundamento y estructura a nuestra fe.

Después nos unimos en la oración de los fieles. El sacerdote la introduce y otra persona presenta una serie de peticiones. Aquí la asamblea comienza a mirar hacia fuera y a orar unida por las necesidades del mundo. Después de las intenciones universales, suelen añadirse otras de la comunidad local.

El sacerdote concluye con una oración y la asamblea se sienta para la preparación de los dones.

Preparación de los dones

La misa pasa de la liturgia de la Palabra a la liturgia eucarística. Esta sigue también un movimiento de tres momentos: se reúnen los dones y sacrificios de la asamblea, se recibe el don de la Eucaristía y se prepara a los fieles para ser enviados.

Una breve reflexión sobre la gracia y el sacrificio ayuda a entender esta preparación. Antes de la Eucaristía, la asamblea presenta una ofrenda de pan y vino. Dios no necesita ningún sacrificio ni nada de nosotros. Pero aquí actúa una dinámica: para recibir su gracia, antes debemos dar y ofrecernos. Los dones nos son devueltos multiplicados. Pensad en la multiplicación de los panes y los peces: comienza reuniendo unos pocos panes, que se entregan a Jesús y que Él devuelve multiplicados a la multitud. Es una buena imagen para comprender la dinámica de la gracia a través del sacrificio.

Se prepara el altar para recibir los dones mientras la asamblea presenta sus ofrendas. La colecta suele destinarse a los pobres y tiene una finalidad práctica, pero también incorpora a cada persona al sacrificio común. Se llevan al altar el pan y el vino, mientras otras ofrendas, como la colecta, se colocan a un lado. El sacerdote pronuncia una oración de acción de gracias antes de depositar el pan y el vino sobre el altar.

Tras recibir los dones de manos de miembros de la comunidad, el sacerdote se coloca ante el altar para preparar la ofrenda antes de la plegaria eucarística. Toma con ambas manos la patena con el pan, la eleva ligeramente y ora.

El diácono o el sacerdote vierte vino y un poco de agua en el cáliz antes de presentarlo. El vino y el agua simbolizan la humanidad y la divinidad de Jesús. Mientras añade el agua, reza en silencio.

Después de ofrecer el pan y el vino, el sacerdote hace una inclinación profunda ante el altar y pide en voz baja que Dios acepte nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, y que el sacrificio de ese día le sea agradable.

A continuación se vuelve a un lado y se lava las manos. Antiguamente, este gesto tenía también una utilidad práctica, pues las ofrendas podían incluir animales de granja y otros bienes. Ahora simboliza la preparación para rezar dignamente la plegaria eucarística.

El sacerdote se dirige a la asamblea, que está de pie, y la invita a orar por el sacrificio. Los fieles responden: «El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.» Es un momento poderoso: la asamblea habla directamente al sacerdote y le da su «permiso» para ofrecer el sacrificio en su nombre. Sacerdote y fieles quedan unidos, y las ofrendas están preparadas para recibir el don de la Eucaristía.

Plegaria eucarística y comunión

Llegamos a la oración central de la Iglesia y a la recepción del mayor de los dones: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La plegaria eucarística es el corazón de la misa. Comienza cuando el sacerdote extiende los brazos y dice: «El Señor esté con vosotros… Levantemos el corazón… Demos gracias al Señor, nuestro Dios…». Es el momento culminante y nos llama a poner a Jesús en el centro de nuestra vida. La asamblea participa en el diálogo y responde: «Es justo y necesario».

El sacerdote continúa con la plegaria eucarística, que comprende distintas partes y puede variar según el tiempo litúrgico y la elección del celebrante. Es él quien la recita.

Se canta el Santo, uno de los himnos más antiguos del cristianismo. En él, la asamblea se une a los ángeles y a los santos del cielo para alabar a Dios. Es lo que esperamos hacer en el cielo por toda la eternidad.

Después del Santo viene la epíclesis: el sacerdote extiende las manos sobre las ofrendas y pide a Dios que envíe su Espíritu. Traza sobre ellas la señal de la cruz y ora para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Sigue el relato de la institución, que recuerda cómo Jesús compartió su Cuerpo y su Sangre con los discípulos. Es importante señalar que el sacerdote no está fingiendo ser Cristo, sino relatando lo sucedido como él mismo. Repite este proceso con el pan y con el vino.

El sacerdote concluye esta parte con la aclamación memorial e invita a la asamblea a proclamar el misterio de la fe. Hay tres aclamaciones distintas.

Después se dirige a Dios con las intercesiones. Aquí oiréis mencionar al papa, al obispo local, a los difuntos y otras intenciones.

La plegaria culmina en la doxología. El sacerdote eleva la hostia consagrada y el cáliz y proclama: «Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos». La asamblea responde con un «Amén» fervoroso: culmina así toda la preparación para recibir el gran don de la Eucaristía.

Rezamos entonces como Jesús nos enseñó, diciendo el Padrenuestro (tema en inglés). Pedimos nuestro «pan de cada día», expresión que, traducida con precisión, significa pan «sobresustancial», y también el perdón de los pecados: dos realidades que están a punto de cumplirse con la Eucaristía. El sacerdote concluye con la doxología añadida al final del Padrenuestro.

Nota importante: NO levantéis los brazos y las manos al rezar el Padrenuestro. Esa postura, llamada orante, corresponde al celebrante y no forma parte de lo que debe hacer la asamblea en la misa católica. Además, darse la mano se reserva a las familias, es totalmente opcional y se permite, sin fomentarse. Permaneced de pie durante el Padrenuestro: eso es lo que se requiere. Difundidlo con amabilidad para ayudar a retirar esta práctica de la misa (el vídeo original se conserva en inglés):

El sacerdote invita después a intercambiar un signo de paz. Recordad que, al volver tras la Resurrección, Jesús saludó a los discípulos con shalom, «paz».

Después tiene lugar la fracción del pan. El sacerdote parte el pan consagrado mientras los fieles cantan el Agnus Dei, «Cordero de Dios». Juan el Bautista presentó a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La fracción recuerda cómo Jesús partió y repartió el pan en la Última Cena y cómo su único Cuerpo se entrega por todos.

Finalmente, el sacerdote eleva la hostia para que todos la vean y la asamblea dice: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.» Esta oración muestra que la Eucaristía que vamos a recibir también perdona los pecados.

El sacerdote reza en silencio y recibe primero el Cuerpo y la Sangre de Cristo, antes de distribuir la comunión a la asamblea.

No es obligatorio comulgar bajo las dos especies, pero sí lo es el diálogo «El Cuerpo de Cristo» y «Amén». Al volver al banco, podéis continuar el canto o recogeros en oración.

Ritos de conclusión

Una vez recibido el mayor de los dones, la sagrada Eucaristía, los ritos de conclusión nos preparan para salir al mundo, compartir lo recibido y cumplir nuestra misión. Estamos llamados a dar gracias a Dios con nuestras palabras y obras.

El sacerdote u otra persona puede dar algunos avisos sobre la vida de la comunidad. Deberían durar, como mucho, unos pocos minutos y ayudar a los fieles en su misión en el mundo: por ejemplo, anunciar una recogida de alimentos o pedir voluntarios para un servicio.

El sacerdote imparte la bendición, que puede incluir fórmulas adicionales y concluye con la señal de la cruz.

A continuación se invita a los fieles a marchar: «Podéis ir en paz», u otra fórmula semejante. La asamblea responde con alegría: «Demos gracias a Dios».

Este envío es una parte muy importante de la misa. No se trata simplemente de una reunión obligatoria: nos reunimos, nos renovamos y salimos en misión para anunciar y vivir el Evangelio.

El sacerdote besa el altar y la procesión de entrada sale en sentido inverso. La asamblea canta con alegría y volvemos al mundo renovados. La misa, como toda la fe católica, nos orienta continuamente hacia el mundo para ser discípulos de Cristo. Es siempre una fe misionera.

Sobre la misa por televisión o internet

La misa televisada se hizo muy popular durante las restricciones de la pandemia y ayudó a muchas personas a volver a la fe. Pero no debe considerarse equivalente a acudir a misa. Si realmente no podéis asistir por motivos de salud o circunstancias semejantes, seguirla así es perfectamente aceptable. Sin embargo, una retransmisión no sustituye la participación presencial.

No hay nada malo en seguir estas misas si también acudís presencialmente. Pueden ser un medio magnífico para profundizar en la fe, pero ambas formas no son intercambiables.

A continuación… Los católicos hacemos la señal de la cruz con frecuencia y reverencia, pero ¿conocéis realmente el significado y la fuerza de esta práctica?

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Síntesis

La misa es la forma más elevada de oración para los católicos. Se divide esencialmente en dos partes, como una comida compartida: nos reunimos, conversamos y después compartimos el alimento. Cada parte tiene sentido e importancia. Primero somos congregados —venimos— y después somos enviados en misión —salimos—.

Lecturas recomendadas

A Biblical Walk Through the Mass: Understanding What We Say and Do in the Liturgy, de Edward Sri (título original en inglés).

The Beauty Of The Mass: Exploring The Central Act Of Catholic Worship, de Charles S. Johnston (en inglés).

Imagen de cabecera

Giotto representa el prodigio de la ascensión de san Juan Evangelista mediante los rostros sorprendidos y maravillados del grupo junto a la tumba abierta. El grupo opuesto parece aturdido y deslumbrado. Entre ambos tiene lugar la ascensión: las huestes celestiales rodean a Cristo, que aparece sobre la estructura. De Él brotan rayos dorados que envuelven el cuerpo del evangelista, como una materialización de su mirada sobre Juan que lo eleva a otro ámbito. La energía que vence la gravedad parece depender más del contacto de las miradas que de la correspondencia de los gestos.

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