…Conocer la señal de la cruz debería despertar nuevas preguntas sobre la oración. ¿Rezo bien? ¿Lo suficiente? ¿Cuándo y con qué frecuencia debería rezar? ¿Necesita Dios que le rece?
Los católicos estamos llamados a rezar con frecuencia y, a menudo, juntos. Pero ¿por qué hablar con Dios y cómo hacerlo? ¿Qué recibimos nosotros? ¿Qué recibe Él? ¿Con qué frecuencia debemos rezar? ¿Conviene recitar oraciones o hablar de forma espontánea? Abordaremos paso a paso la oración católica, recordando tres cosas: 1) lo más importante es dedicarle tiempo; 2) la mejor manera de empezar puede ser distinta de lo que imagináis; y 3) no es tan rígida ni estructurada como podríais pensar.
Cómo comenzar una vida de oración
Primero preguntémonos si Dios «necesita» que recemos. La respuesta es no, pero hay más que considerar. Dios no necesita nada de nosotros. Eso revela la belleza de la creación: al no necesitarla, crear es un acto gratuito de amor. También así actúa la gracia. Pensemos en dos ejemplos. En la multiplicación de los panes y los peces, hay un detalle inicial: tenían cinco panes y dos peces, y Jesús pidió que se los llevaran. Ese detalle nos enseña algo sobre la gracia: al dar —que es propio de ella—, recibimos mucho más. El otro ejemplo es la presentación del pan y del vino en el altar durante la misa. ¿Los necesita Dios para realizar la Eucaristía? No; pero así actúa la gracia: damos y recibimos mucho más. Dios no necesita nuestra oración; es para nuestro bien. Si queremos recibir gracia, debemos dar, dar y dar.
Comprender esta dinámica responde a varias preguntas: Dios no necesita que recemos y, entre otros dones, recibimos gracia al hacerlo. La siguiente cuestión es cómo sabemos que Dios quiere que recemos.
¿Quiere Dios que recemos?
Jesús, que es Dios, no solo habló mucho de la oración, sino que también rezó de distintas maneras. Comencemos por sus instrucciones expresas en Mateo:
Asimismo cuando oráis no habéis de ser como los hipócritas, que a propósito se ponen a orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos de los hombres. En verdad les digo que ya recibieron su recompensa.
Tú, al contrario, cuando hubieres de orar, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora en secreto a tu Padre, y tu Padre, que ve lo más secreto, te premiará en público.
En la oración no afectéis hablar mucho, como hacen los gentiles, que se imaginan haber de ser oídos a fuerza de palabras.
No queráis, pues, imitarlos; que bien sabe vuestro Padre lo que necesitáis antes de pedírselo.
Mateo 6,5-8 — Torres Amat
Estas palabras deben entenderse como una enseñanza para nuestra oración diaria, no como normas rígidas que obliguen a rezar siempre a solas. Si se interpretaran así, Jesús habría incumplido sus propias indicaciones, pues rezaba con frecuencia ante otros. Como tantos pasajes evangélicos, reprenden la oración ostentosa y vacía de algunos dirigentes religiosos, siempre pendientes de ser vistos, un problema tan actual como entonces. La enseñanza es entregarnos a una oración verdadera, honesta y sentida.
Cómo rezar
Mucho más importante que el «cómo» es dedicar tiempo. Reservad ese tiempo. Si os dirigís a Dios con apertura y sinceridad, estáis rezando bien. Pero tenéis que hacerle sitio.
Para aprender a comenzar, escucharemos el consejo de algunos santos. Hay una enseñanza que se repite desde Jesús, pasando por los Hechos, las epístolas y los Padres de la Iglesia, hasta los santos de todos los tiempos: aquietarse. El cristianismo no consiste en salir a buscar por nuestra cuenta la sabiduría o a Dios, sino en que Dios viene a nosotros. Rezar no es marcar un número para localizarlo: Él ha estado aquí todo el tiempo. Dios se hizo hombre y vino a nosotros. Al rezar, más que alcanzarlo, advertimos por fin su presencia.
Quizá no insistimos lo suficiente en esa quietud inicial. Hoy nuestra mente funciona siempre a toda velocidad. Una de las grandes obras católicas sobre la oración, la Introducción a la vida devota de san Francisco de Sales, propone comenzar poniéndonos en presencia de Dios y pidiéndole que nos inspire. Para nuestro tiempo podríamos añadir dos pasos previos: primero, callad y dejad de dar vueltas a todo; después, respirad, respirad y relajaos. Orar no es levantar el teléfono para llamar a Dios, sino responder por fin a la llamada que ya está entrando.
Tomando elementos del catecismo, la Tradición y la enseñanza de los santos, esta es una guía sencilla:
- Haced la señal de la cruz; podéis leer antes el tema del enlace para comprender la fuerza de este gesto.
- Aquietaos y poneos en presencia de Dios.
- Recordad que existís únicamente por el amor de Dios. Esa es la razón de vuestro ser.
- Recordad también que vuestras faltas son vuestras. Dios quiere que seáis perfectos.
- Recitad vuestra oración o hablad con Dios con apertura y sinceridad.
- Haced la señal de la cruz.
- Decid «Amén» y recordad que significa «así sea».
Oración formal y oración espontánea
Al establecer una rutina diaria —por ejemplo, por la mañana y por la noche—, conviene hacerlo con reverencia y estructura. No es una regla arbitraria: ayuda a aprovechar la oración. Dad a Dios toda vuestra atención, con una postura adecuada y la mente centrada; incluso aprender a respirar bien puede ayudar. Esto se refiere a los momentos formales de oración. También podéis rezar espontáneamente a lo largo del día. Una breve historia muestra la diferencia:
Hace muchos años, un maestro de novicios dijo a un grupo de seminaristas: «Recordad que no podéis mascar chicle mientras rezáis».
Uno preguntó: «Pero, padre, ¿podemos rezar mientras mascamos chicle?».
«Por supuesto», respondió el maestro, dejándolos pensando cómo cumplir unas instrucciones aparentemente contradictorias.
La primera pregunta se refería a la oración formal; la segunda, a la espontánea. En un día difícil, cuando aparecen malos pensamientos, podéis pedir brevemente a Jesús que os dé fuerzas. Es un hábito magnífico, que permite elevar palabras o pensamientos a Dios durante el día. Una forma no sustituye a la otra: ambas tienen su lugar.
Cuándo y con qué frecuencia rezar
Nunca se reza demasiado, pero para desarrollar una vida rica de oración hay que aprender a gatear antes de caminar. Si empezáis con excesiva intensidad, la mente puede dispersarse y acabaréis recitando sin la disposición adecuada. No confundáis esto con entrar en una devoción más profunda mientras rezáis, que es algo maravilloso. El objetivo es acercarse a Dios, no soñar despiertos con asuntos del mundo.
Lo que se pide a los católicos tiene en cuenta su estado de vida. Se esperan de nosotros esfuerzos razonables para dedicar tiempo a la oración. Hay, no obstante, algunos puntos básicos por los que empezar.
Si al principio solo encontráis tiempo una vez al día, rezad por la mañana. En cuanto podáis hacerlo con lucidez, dedicad el día a Jesús: vuestras palabras, obras y pensamientos serán para Él. Después dad gracias por las bendiciones recibidas. Finalmente, presentad las peticiones del día, desde un amigo enfermo hasta las necesidades del país.
Intentad después rezar el rosario una vez por semana. Al comenzar, probablemente iréis aumentando la frecuencia. Lo ideal es rezarlo a diario: despejará vuestra mente y vuestro corazón y cambiará vuestra vida.
¡Acudid a misa! Tal vez esto debería haberse dicho primero, pero a veces hace falta comenzar una vida de oración antes de estar preparados para dar ese paso. La misa es lo más importante que podéis hacer como católicos.
A medida que avancéis, considerad dedicar una Hora Santa. Al entrar en su pasión, Jesús pidió a sus amigos que permanecieran con Él durante una hora.
Acudid a la adoración en vuestra parroquia. Su valor suele subestimarse. Permaneced sencillamente en presencia del Santísimo Sacramento.
Combinar la oración vocal y la meditativa ayuda a encontrar equilibrio. La oración vocal incluye rezar el rosario en voz alta, orar juntos en la misa o bendecir la mesa. La meditativa puede consistir en hablar con Dios al despertar y dedicarle el día con vuestras propias palabras, interiormente. Podéis comenzar con oración meditativa por la mañana y vocal por la noche —un avemaría, un padrenuestro o el rosario—, además de la oración comunitaria, que reúne ambas dimensiones en la misa.
Este tema trata de establecer una vida de oración. Cuanto más recéis, mejor, pero debéis crecer gradualmente. Para avanzar, podéis plantearos rezar el Oficio Divino, la Liturgia de las Horas.
Oraciones católicas básicas
Padrenuestro (véase también el tema del Padrenuestro)
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.
Avemaría (véase también el tema del Avemaría, en inglés)
Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.
Gloria (doxología)
Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.
Ofrecimiento de la mañana
Oh Jesús, por el Corazón Inmaculado de María,
te ofrezco las oraciones, obras, alegrías y sufrimientos de este día
por todas las intenciones de tu Sagrado Corazón,
en unión con el santo sacrificio de la misa celebrado en todo el mundo,
por la salvación de las almas, la reparación de los pecados y la unidad de todos los cristianos,
y en particular por las intenciones del Santo Padre para este mes.
Amén.
Oración al ángel de la guarda
Ángel de Dios,
que eres mi custodio,
pues la bondad divina me ha encomendado a ti,
ilumíname, guárdame,
rígeme y gobiérname en este día.
Amén.
Credo niceno-constantinopolitano (véase el tema del Credo, en inglés)
Creo en un solo Dios,
Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.
Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación
bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen,
y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.
Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.
Amén.
Símbolo de los Apóstoles (véase el tema del Credo, en inglés)
Creo en Dios,
Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.
Amén.
Acto de contrición
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido y detesto todos mis pecados por tus justos castigos, pero, sobre todo, porque te ofenden a ti, Dios mío, que eres todo bondad y mereces todo mi amor. Propongo firmemente, con la ayuda de tu gracia, no volver a pecar y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.
(Traducción de la versión tradicional citada en inglés).
O bien:
Dios mío,
me arrepiento de mis pecados de todo corazón.
Al elegir el mal
y dejar de hacer el bien,
he pecado contra ti,
a quien debo amar sobre todas las cosas.
Propongo firmemente, con tu ayuda,
hacer penitencia,
no volver a pecar
y evitar cuanto me lleve al pecado.
Jesucristo, nuestro Salvador, sufrió y murió por nosotros.
En su nombre, Dios mío, ten misericordia.
(Traducción del texto inglés citado del Ritual de la Penitencia).
O bien:
Señor Jesús, Hijo de Dios,
ten misericordia de mí, pecador.
(Del Ritual de la Penitencia).
Yo confieso
Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante vosotros, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos
y a vosotros, hermanos,
que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.
Amén.
Ángelus
V. El ángel del Señor anunció a María.
R. Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.
Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.
V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mí según tu palabra.
Avemaría…
V. Y el Verbo se hizo carne.
R. Y habitó entre nosotros.
Avemaría…
Oremos:
Derrama, Señor, tu gracia sobre nuestros corazones, para que quienes hemos conocido por el anuncio del ángel la encarnación de Jesucristo, tu Hijo, lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Salve
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Dios te salve.
A ti llamamos los desterrados hijos de Eva;
a ti suspiramos, gimiendo y llorando,
en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos;
y después de este destierro
muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.
¡Oh clementísima, oh piadosa,
oh dulce Virgen María!
Bendición de la mesa
Bendícenos, Señor, y bendice estos dones que vamos a recibir de tu generosidad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
A continuación… El Padrenuestro es la oración que nos enseñó directamente Jesús. Vamos a examinarla con detalle, línea por línea.

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Síntesis
Los católicos debemos cultivar una vida rica de oración, pero no se trata de lanzarse sin preparación. Hace falta tiempo para desarrollar una oración que nos ponga realmente en encuentro con Dios. Por eso conviene considerar cómo y cuándo rezamos. La vida de oración crece; no puede forzarse. Si lo más importante es dedicarle tiempo, lo siguiente es permitir que crezca adecuadamente.
Lecturas recomendadas
Nota: estos tres clásicos católicos deberían estar en la biblioteca de todo católico.
Introducción a la vida devota, de san Francisco de Sales (edición del enlace en inglés).
Ejercicios espirituales, de san Ignacio de Loyola (edición del enlace en inglés).
Noche oscura del alma, de san Juan de la Cruz (edición del enlace en inglés).
Imagen de cabecera
Al flamenco Daniel Seghers, discípulo de Jan Brueghel el Viejo, se le atribuye la creación de un género propio de bodegones religiosos con flores. Su origen puede verse, sin embargo, en la Virgen con guirnalda de flores de Rubens, realizada en colaboración con Jan Brueghel el Viejo. Presenta una imagen de claro significado religioso dentro de otra, rodeada de querubines y flores.
Rubens, a diferencia de Seghers, no trató a María y a Jesús como figuras históricas o simples representaciones visuales. Aunque el recurso de una imagen dentro de otra se prestaba al juego ilusionista, prefirió transmitir la sensación de que estaban físicamente presentes.
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La cita bíblica de Mateo procede de la traducción católica de Félix Torres Amat. Las oraciones devocionales se ofrecen en español; cuando se traduce una variante del texto inglés, se indica expresamente.